What if... el mundo al revés?

miércoles, octubre 04, 2006

The Filthy Life - Absolute Edition


- Prólogo

- Capítulo 2
-
Capítulo 3
-
Capítulo 4
-
Capítulo 5
-
Capítulo 6
-
Epílogo (Capítulo 6 1/2)

Gracias a todos los que han seguido, paso a paso, la publicación de este what if. ¡Nos vemos en el próximo!

lunes, octubre 02, 2006

The Filthy Life (Epílogo)

- Recoge tus cosas, amor, nos vamos de aquí.

Llego al ático y me encuentro a Drusilla tumbada en la cama, con los ojos muy abiertos y mirando al techo. No sé por qué, pero parece agotada. Quedan unas horas para que amanezca, así que más vale que nos demos prisa.

- Vamos, Dru – insisto, mientras empiezo a hacer las maletas -. Nos vamos de la ciudad esta misma noche.

- ¿Nos vamos ya? – me pregunta ella, sin dejar de mirar hacia arriba.

- Exacto. Ah, y ya que no me preguntas qué tal ha estado la fiesta, te lo diré yo: un baño de sangre. No he dejado a nadie con vida, en serio, ha sido bastante impresionante. Es una pena que no estuvieras, Dru, pero supongo que te lo has pasado mejor aquí sola, como todas las malditas noches.

Drusilla se levanta lentamente de la cama y empieza a andar hacia mí. Me rodea con los brazos mientras cierro la maleta y me dice:

- Oh, sí, me lo he pasado muy bien aquí. Pero... no estaba sola.

Me freno en seco.

- Drusilla, ¿qué quieres decir?

Ella sonríe y mira hacia la ventana. Parece fascinada mientras habla.

- Que Él estuvo aquí.

- ¿Él?

- Sí, Él. Hacía tanto tiempo que no nos veíamos... Lo único que lamento es que esta vez tampoco vamos a poder despedirnos...

Noto como la cólera me empieza a subir por la espina dorsal. Otra vez no, pienso. Otra vez no.

- Cariño, estás hablando de... estás... – me rindo -. Es el Inmortal, ¿verdad?

- Oh, sí – me contesta ella mientras se toca la entrepierna, con una sonrisa en los labios -. Su nombre suena como mil amaneceres.

Lo siguiente que hago es dedicarme a destruir todos los muebles que encuentro a mi paso, agitando los brazos y sin para de gritar. Cuando he partido por la mitad la cama de una patada y he tirado el espejo (la condesa insistió en ponernos uno) por la ventana, me freno en seco e intento pensar con claridad.

- Está bien, voy a matarlo – hablo más para mí mismo que para Drusilla -. No es la primera vez que lo hace, así que voy a matar a ese violador.

- No es un vio...

- ¡¡A ese violador!!

Estoy a punto de saltar por la ventana, cuando Dru me del brazo:

- Spike, mi querido Spike... ¿Qué vas a hacer? Sabes que no podrías llegar hasta Él. ¿No recuerdas la última vez? Él está por encima de todo esto, por encima de todos nosotros. Solo puedes verle cuando Él quiere verte, y para eso tiene que mandar a su mensajero.

- ¿Su mensajero? ¿Te refieres al pájaro?

Drusilla asiente con la cabeza. Sabía que había algo realmente apestoso en ese maldito pájaro.

- Dru, yo... No puedo creer que siempre que vengamos a Italia me engañes con ese malnacido.

- Oh, Spike, ven aquí – me dice ella, mientras me abraza y me besa la frente -. Sabes que tú siempre serás el único para mí.

Sí. Claro. Lo que sea. Ya tendré tiempo para cabrearme por esto cuando hayamos salido de este agujero: ahora mismo, la prioridad es escapar de aquí y evitar más humillaciones.

- Muy bien, Dru, despídete de todo esto. Nos vamos ahora.

Ella coge las maletas y se dirige hacia la puerta, mientras yo empiezo a verter por el suelo el bote de gasolina que he robado mientras venía hacia aquí.

- Spike, ¿qué haces? – me pregunta ella.

- Prenderle fuego al edificio.

- Ah. Muy bien. Te espero abajo – contesta, mientras comienza a bajar las escaleras -. Ah, por cierto: Te ha dejado una nota en la mesilla de noche.

Justo cuando tiro al suelo la cerilla, me fijo en la mesilla destrozada y veo que Dru tiene razón. Así que me agacho para recogerla mientras, a mi alrededor, las llamas comienzan a devorarlo todo.

La nota lleva un lazo rojo y, como me temía, está escrita con una caligrafía impecable:

Estimado William,

He de confesar que he estado siguiendo con
atención vuestra carrera artística, desde que la condesa Como me invitó a ver
vuestra primera obra. Déjame que te de un consejo, de artista a artista: vuestro
arte es realmente patético. Es arte muerto, sin vida. Mi consejo es que
abandones ahora que estás a tiempo. Ya he conseguido convencer a la encantadora dama Drusilla, y espero que a ti también: ¿no te interesaría, quizá, un regreso a la poesía? Creo que tu habilidad como rapsoda estaba muy por encima de tu habilidad como artista contemporáneo.

Sinceramente,

I.

Cuando bajo las escaleras, Dru ya está en la calle, esperándome, mirando fascinado como las llamas se abren paso desde el ático hasta el resto del edificio. Cojo las maletas, ella se engancha a mi brazo y comenzamos a andar. Por fin nos vamos: no hay nada (y desde luego, no hay nadie) que me vaya a hacer volver aquí.

Mientras nos alejamos, pienso la playa no está muy lejos: quizá nos de tiempo a llegar a algún puerto, colarnos en un barco de mercancías, matar a toda la tripulación y llevarlo a algún sitio alejado. Praga, quizás. O puede que un poco más al norte.

En una de las calles mal iluminadas de esta ciudad de mierda, un niño se nos acerca. Está llorando y lleva en brazos lo que parece ser un perro muerto. Nos pide en italiano que le ayudemos, sin darse cuenta de que el perro parece estar realmente mal: sus entrañas cuelgan de tal manera que está muy claro que le acaba de atropellar un coche a toda velocidad. Dru y yo nos alejamos de él, nos alejamos del edificio en llamas y nos alejamos, espero que para siempre, de la ciudad.

Una de las últimas cosas que recuerdo es una pintada en la pared de un edificio medio en ruinas. Ricordisi: questo é una commedia. Eso es lo que pone.

lunes, septiembre 18, 2006

The Filthy Life (6)

Claudia está sentada en un banco de piedra, frente a la entrada al jardín-laberinto que la condesa y su marido hicieron construir cuando adquirieron la villa. Detrás, en la mansión, todo el mundo se prepara para el gran discurso inaugural. Aquí, en cambio, solo estamos Claudia, yo y una gran luna llena que muy pronto se va a teñir de rojo.

Es un auténtico placer haber recuperado mi instinto asesino: por primera vez en semanas, estoy delante de una chica a la que solo quiero morder. Ni bloqueos ni estupideces: el viejo arte de morder su cuello y dejar que su sangre baje por mi garganta. No obstante, no puedo hacerlo así como así: me gusta jugar un poco con ella antes de que suceda lo inevitable, sobre todo porque nuestra Claudia parece no tener la más mínima idea lo que se la viene encima.

- No sé dónde está Michael – me dice ella -. Le perdí de vista hará unos diez minutos, en la cocina. Sabes, ha sido raro: estando con él... he pensado en Guido. ¿Qué crees que significa eso?

Yo estoy de pie, frente a ella, fumando y trazando mi plan. ¿Quién va después? ¿Michael? ¿La condesa? ¿Marcello? ¿Los quiero matar en ese orden? Dios, hay tantas posibilidades, tantas maneras de acabar con esto de una maldita vez... Nada en el mundo me va a hacer tan feliz que mirar sus caras de incomprensión mientras alguien a quien consideraban su amigo acaba con sus patéticas vidas.

Ella sigue hablando:

- Me he ido de la fiesta: no soportaba a todos esos ricos decadentes, tan borrachos que casi no pueden ni andar. Me he venido aquí porque me encanta este sitio. En el parque de mi pueblo teníamos un laberinto así. Sé qué es estúpido, pero me recuerda a mi infancia. Aunque tampoco puedo dejar de pensar en Guido. ¿Crees que es...?

Me acabo el cigarro y me dirijo a ella, mirándola fijamente a los ojos:

- Creo que es hora de que te dejes de lamentar por ese perdedor al que le jodiste la vida, maldita zorra.

Y entonces muto, muy rápido, si sin que le de tiempo a pensar en lo que he dicho, y me abalanzo sobre ella. Puedo oler su miedo, aquí, en este banco de piedra, bajo la luz de la luna. Está aterrorizada, y también huelo... ¿¿Deseo??

- Spike, un momento, espera un momento.

Estamos tumbados en el banco, yo encima de ella, esperando a clavar mis colmillos en su yugular. Tengo curiosidad por escuchar sus últimas palabras, así que le digo que adelante.

- Quería pedirte esto desde que te conocí. Bueno, a ti y a Drusilla: pensé que hacíais esto juntos. ¿No lo hacéis juntos?

- ¿A qué te refieres, Claudia? – le pregunto, un poco harto de su cháchara.

- A mi bautismo. A mi transformación. ¿A qué va a ser? Soy actriz, ¿sabes? No es ningún secreto que quiero ser eternamente joven. Dios, casi lo NECESITO. Solo quiero que me prometas una cosa, ¿vale? Solo una cosa.

- Claudia, creo que no estás entendiendo esta situación – le explico, sin poder contenerme una risa nerviosa-. Voy a matarte. Estoy apunto de morderte el cuello y beber tu sangre hasta dejarte completamente seca.

- Claro, sé cómo va – me dice ella -. No soy estúpida, sai? Me he estado informando. Tengo que morir para luego poder volver a vivir, como hicisteis tú y Drusilla.

Vale, la chica lo está complicando todo de una manera tan absurda que casi no tiene sentido.

- Entonces... ¿quieres que te muerda? O sea, ¿no te doy miedo? ¿No te asusta y te repugna ver mi verdadera cara? Joder, ¿es que de verdad deseas que te muerda?

Ella se incorpora, con una cara de felicidad realmente asombrosa.

- Claro que no me das miedo, Spike. Siempre te he aceptado como eres, sin juzgarte. Y claro que quiero que me muerdas. ¡Lo estaba esperando desde que os conocí!

Me siento en el banco, muy lentamente, con la mirada perdida en el laberinto. Ella no me tiene miedo. Da igual que yo no tenga intención de apadrinarla, sino de matarla: no me tiene miedo.

- Mira, tengo una idea – me dice, sin poder contener la emoción -. Yo corro por el laberinto y tú me persigues, ¿vale? Nos juntamos en el centro y me muerdes allí. ¿Qué te parece, Spike? ¿No es una idea genial?

Maldita sea.

Parece que mi trabajo aquí ha terminado, así que me levanto y camino hacia la villa sin mirara atrás: aún me quedan los tres peces gordos, los tres que son lo suficientemente inteligentes como para no querer que les clave las fauces en el cuello, joder. Mientras me alejo, oigo cómo Claudia se adentra en el laberinto y empieza a llamarme con voz melodramática para que la persiga.

Una vez dentro del salón principal, me abro paso hacia la cocina, intentando esquivar la marabunta de invitados. Claudia tenía razón: están todos demasiado borrachos para darse cuenta de que tienen a una criatura de la noche andando entre ellos, sobre todo las aspirantes a modelo. Cerca de donde está tocando la banda de jazz veo a Valentina, supongo que buscándome, intento darme prisa.

Por fin llego hasta la cocina. Michael James está donde Claudia dijo que estaría: coqueteando con la aspirante número 17. Joder, este hombre tiene un verdadero problema: debería ir a un psiquiatra o algo así. Bueno, eso es lo que debería hacer si no fuera morir dentro de dos minutos.

- Oh, Spike – dice cuando me ve entrar-. Ven, quiero presentarte a esta encantadora muchacha...

- Lo siento mucho, guapa, pero tengo que hablar con Michael. A solas.

La chica pone cara de pocos amigos, pero al final se va. Ahora estamos solos él y yo.

- Vaya, has sido un poco duro con la muchacha... Bueno, a mí tampoco me estaba gustando mucho, si te digo la verdad – Michael sonríe -. ¿Qué era lo que querías decirme?

- Bah, no es nada importante. ¿Sabes que aquí, en esta cocina, fue donde Dru y yo hicimos nuestra primera obra?

- Oh, sí – se ríe Michael -. Sí, la condesa me lo dijo. Fue algo glorioso.

- Ya he dejado esta mierda del arte... Y, además, la condesa me dijo que no debería repetirme, pero... Qué demonios, creo que voy a ejecutar mi segunda obra en el mismo lugar que la primera.

Me abalanzo sobre él y le empujo contra la pared. Cuando estoy a punto de morderle el cuello, le oigo gemir. No es un gemido de dolor, sino de placer. Lo siguiente que hace es trocarme.

Tocarme. Y no diré más.

- Spike... Por fin...

Me aparto de él y nos quedamos mirando. Soy yo quien rompe el hielo:

- ¿Estás seguro...?

- ¿Qué? No, yo pensé que tú... O sea, ¿nunca...?

- No. Bueno, sí, pero solo una noche. Era en Praga y...

- Ah, claro, sí, yo tampoco...

- Sí, pero esto no era... O sea, yo no quería...

- Claro, claro: yo tampoco quería.

Silencio incómodo.

- Creo que voy a...

- Sí, claro, yo también tengo que...

- Vale. Entonces, nos vemos en el discurso.

- Sí, claro, en el discurso...

Lo siguiente que hago es salir disparado de la cocina y no volver a recordar los últimos dos minutos jamás en mi vida.

Otra vez en el salón principal, otra vez en la fiesta. Que les jodan a Claudia y a Michael: ellos no tienen la culpa de nada. La condesa... Esa zorra es la que me las tiene que pagar. Así que me encamino hacia las escaleras a toda velocidad, pero alguien me agarra del hombro.

- Per favore, signore... Sarebe così gentile di ascoltare questa domanda?

El que me agarra es un tipo moreno, bastante alto. Lleva un micrófono en la mano y lo apunta hacia mí. Detrás de él hay un equipo de grabación al completo: cámara, micrófono... Le digo que no hablo italiano e intento seguir con mi camino, pero el tío me vuelve a agarrar.

- Bueno, no es problema... – me asegura -. Verá, estoy haciendo un documental y no me vendría mal tener una opinión internacional. Ya he preguntado a muchos italianos... Es solo una pregunta sencilla, por favor, responda mirando a la tellecamera y le prometo que lo dejaré en paz.

Estoy convencido de que el capullo no me dejará marchar hasta que no lo haga, así que le digo que de acuerdo, pero que sea rápido.

- Eh, sí, signore, será rápido. La pregunta es: ¿para usted, qué es el amor?

Miro al tío a los ojos, intentando descubrir si es algún tipo de broma, pero él me indica que mire al objetivo. Al parecer, va en serio.

- Está bien, maldito pesado, le diré lo que es el amor. El amor es llevar 83 jodidos años con una persona, haber vivido con ella una rebelión y dos guerras mundiales, creer que la conoces a la perfección y que luego esa persona te abandone todas las malditas noches para quedarse en casa hablando con un jodido pájaro. Y llamáis a esta cloaca “la ciudad eterna”, “el paraíso de los enamorados”... Y una mierda. Este sitio es peor que la muerte. Créeme, sé de lo que hablo. Este sitio es el Infierno. Ya está, eso es lo que opino del amor y de vuestra puta ciudad de mierda.

Hay una larga pausa. Luego, el tipo me estrecha la mano, casi en éxtasis:

- Meraviglioso, amico, meraviglioso! Toda esa rabia y esa sinceridad... Si le digo la verdad, he estado pensando en cambiar la pregunta: ¿qué le parecería si preguntara sobre el sexo?

- Bueno, usted es el maldito documentalista – le respondo.

- Ah, sí, por cierto: me llamo Pier Paolo. A lo mejor le llamo para que matice un poco sus opiniones, otro día, lejos de estos burgueses. ¿Dónde se aloja?

- No creo que me quede mucho tiempo aquí, amigo.

- Sí, bueno, la verdad es que yo tampoco: el lunes me voy a Israel – el tipo les dice a sus ayudantes que se vayan -. En serio, muchas gracias por sus declaraciones.

Una vez se han marchado a incordiar a otro, termino de subir las escaleras y me dirijo a la galería de arte que la condesa tiene en el segundo piso. No sé por qué, pero sabría que la encontraría aquí.

- ¡Spike, querido! – me llama a gritos desde la otra punta de la habitación -. Perdona que no te esté haciendo mucho caso: llevo toda la noche hablando con el señor Kiaboldi. Está muy interesado en mi colección de máscaras japonesas.

El tal Kiaboldi tiene pinta de ser el típico millonario centroeuropeo de cejas pobladas y trajes elegantes. Me estrecha la mano y noto enseguida que algo no termina de estar bien en este tío. Creo que el también se da cuenta, porque no tarda mucho en decir:

- Bien, señora Como, ahora no tengo más remedio que marcharme. Le comentaré a la señorita Kant, mi ayudante, ese asunto en Ginebra del que hemos hablado.

Tras besarle la mano a la condesa, se despide de mí con una mirada realmente glaciar. Creo que son sus ojos (bueno, y sus cejas) lo que no me acababan de convencer en él. Bueno, da igual: la cuestión es que ahora la condesa y yo ya estamos solos. Ella se gira y me dice:

- ¡Dios, mira que hora es! ¡Tengo que salir a dar mi discurso! Spike, querido, deséame suerte.

Mi cara se transforma en el reflejo de mi incontrolable ira.

- Suerte.

Y luego hacia su cuello... Ya casi siento su cuello, así que, por favor, que no hable. Por favor, que esta no diga nada: sólo tiene que dejarme matarla, sólo tiene que...

- ¡Sí! ¡Claro, exacto! ¡Spike, eres un genio!

No. ¿Por qué tiene que hablar? ¿Por qué no se calla y deja que la mate tranquilo?

- ¡Esto es sencillamente magistral! ¡Muerdes la mano que te da de comer con tu segunda obra! ¿No es genial? ¡Un acto de rebeldía único! Tenías razón, querido: ¡esto va a ser tu obra maestra! ¡El artista mata a su promotora!

Arte, otra vez el arte. No puedo matarla sin que me consideren un maldito artista. No puedo matarla. Así que me doy media vuelta y vuelvo por donde he venido.

- ¡Spike, hazlo ya! ¡Inmortalízame! ¡Conviérteme en arte! ¡Spike!

Bajo las escaleras muy despacio, como si todo fuera a cámara lenta. La fiesta ya está llegando a su momento álgido, pero a mí no me podría importar menos. En lo único que pienso es en matar a Marcello, mi última oportunidad de salir de aquí con un poco de dignidad. Podría acabar con todos los invitados, pero entonces los americanos me ofrecerían un contrato multimillonario y un ático en Nueva York.

Me encuentro a Marcello solo en el umbral de la puerta principal. Está de espaldas a mí, acabándose un cigarro. Detrás de nosotros, el ruido de la fiesta empieza a perder relevancia. De repente, las cosas empiezan a ir todavía mucho más lentas, como si lo único que importase en el mundo fuera esto.

Sin girarse, Marcello pregunta con la voz temblorosa:

- ¿Muerte? ¿Eres tú?

Por un momento, me quedo sin habla. Luego le digo lo primero que se me pasa por la cabeza: que sí.

Marcello se gira, tira el cigarro y me mira a los ojos. Me cuesta bastante creerlo, pero está llorando.

- Al fin... Al fin llegas. Te he estado esperando tanto tiempo... Por favor, llévame contigo. Por favor.

Alzo la cabeza y miro a la luna. Está claro que ya no tengo nada que hacer aquí. Él se me queda mirando mientras paso a su lado, con una mirada perdida y llena de lágrimas que en la que hay algo muy parecido a la esperanza.

- Llévame contigo... Por favor, por favor...

Marcello sigue suplicando mientras me dirijo hacia la puerta principal, ajeno al discurso que la condesa ya ha empezado dentro del palacio. Él sigue de pie en el umbral, pidiéndome que le mate, pero yo no escucho: en lo único que pienso ahora es en alejarme de aquí, de este condenado lugar, de esta humillación, de esta sensación de derrota que experimento por primera vez desde que Dru me transformó. Ahora lo único que tengo que hacer es encontrarla y salir de esta ciudad de una buena vez por todas. Darle la espalda, mientras pueda, a mi asquerosa vida.

lunes, septiembre 04, 2006

The Filthy Life (5)

Valentina guarda el adrenocromo en una pequeña botella de color rojo oscuro. Cuando la veo por primera vez, estamos en uno de los dormitorios del piso de arriba, con las luces apagadas, las ventanas abiertas y sentados en el suelo. Lo primero que pienso es: Parece inofensivo.

El adrenocromo, para que conste en acta, es una de las drogas más peligrosas que hay sobre la faz de la Tierra. Se extrae de las glándulas suprarrenales de un donante vivo: la extracción causa su muerte, y no tiene efecto si ya estaba muerto con anterioridad. Valentina dice que consiguió esta botella en su último viaje a Estados Unidos: al parecer, se la pasó un estudiante de Derecho samoano que conoció cuando hacía un reportaje sobre los conflictos raciales en San Francisco.

- El tío me dijo que tuviera cuidado, que es un alucinógeno potentísimo. Dijo que supera con creces a la mescalina o a cualquier cosa que haya probado antes.

Mientras ella habla, yo cojo la botellita y empiezo a observarla. El líquido de dentro tiene un color... raro. Es como si su propio aspecto fuera extraño y peligroso.

- También me dijo que había que tener cuidado con las dosis – sigue ella, mientras se levanta para dejar el bolso encima de la mesilla de noche -. Un par de gotas bastarán.

Oh-oh.

- ¿Un par de gotas? – pregunto yo.

- Sí. ¿Por qué?

- Me he bebido media botella.

Ella se da la vuelta a toda velocidad:

- ¿¿Qué??

- ¡Joder, no me has dicho nada! ¡¡Creía que era media para cada uno!!

Valentina se lleva las manos a la cabeza y empieza a susurrar cosas en italiano, como fuera de sí. De repente, noto que no me empiezo a encontrar precisamente bien. Maldita sea, ¿por qué me he bebido media botella?

- Spike, escúchame. Tienes que tumbarte, ¿vale? No te preocupes, voy a estar allí contigo. Me voy a tomar un par de gotas e iré allí contigo, ¿vale?

- ¿Allí? ¿De qué estás hablando?

Entonces me tumbo en el suelo, boca arriba, y noto cómo algo se empieza a mover en el centro de las cosas. De repente, el mundo se vuelve rojo, un rojo penetrante y doloroso que hace que me resulte podidamente difícil mantener los ojos abiertos. Hace calor, tanto calor como si estuviera en medio de un incendio, y la habitación empieza a retorcerse de formas inimaginables.

A escasos centímetros de mi cara, Valentina me mira con unos ojos de los que parece surgir un halo infinito de luz oscura. Tiene la boca llena de sangre y está completamente desnuda. Intento gritar, pero ni siquiera soy capaz de abrir la boca. Algo malo pasa. Algo muy, muy malo pasa.

Lo último que veo antes de sumergirme en la oscuridad absoluta es a Valentina gritando hacia el cielo, mientras que la habitación acaba por devorarse a sí misma entre crujidos y terribles espasmos.

Y luego, todo negro.

***

Vale.

Estoy en un maldito lío.

Abro los ojos. Me encuentro en un lugar que no existe, en un mundo que no es el mío, en un momento que quizás aún no haya pasado. Bajo mis pies se extiende un campo infinito de hierba cegadoramente verde y plantas imposibles. Por encima, no hay nada más que una oscuridad inmensa e impenetrable. De todos lados me llegan sonidos extraños, casi susurros de cosas que no puedo ni imaginar. En pocas palabras: estoy bien jodido.

Cuando estoy a punto de hacerme algunas preguntas inevitables (casi todas empiezan por una palabrota y contienen las palabras salir, aquí y de una puta vez), una linterna me ilumina. A lo lejos, encima de un pequeño montículo de helechos violetas que se mueven como pequeños tentáculos, veo a un par de figuras observándome.

- ¡Identifíquese! – me grita la que lleva la linterna -. ¡No queremos hacerle daño!

- Sabes, dadas las circunstancias, eso es un buen comienzo – contesto.

La figura de la linterna se lo piensa un momento. Finalmente, me dice:

- Está bien, veo que también es humano. Por favor, acérquese aquí para que podamos hablar.

No tengo muchas más opciones en este campo interplanetario (o algo), así que acepto. A medida que me voy acercando, veo mejor a mis dos nuevos mejores amigos: el que lleva la linterna es un tipo alto, con el pelo oscuro tan oscuro como su chaqueta, camisa roja y pantalones vaqueros. A juzgar por su acento, también es inglés, lo cual (qué queréis que os diga) se me antoja como una bendición en estas circunstancias. Su compañero es... joder, no puedo creerlo. Es el ganador de un concurso de imitadores de Groucho Marx.

- Saludos, extraño. Soy Dylan Dog, investigador de pesadillas – se presenta el tipo alto.

- Encantado. ¿Y quién es el doble de...?

- Sí, de Rupert Everett, me lo dicen a menudo – dice el otro, mientras mordisquea su puro -. Lo cierto es que yo nunca veo el parecido. Entre nosotros, creo que me parezco más a Marx. Karl, para los amigos.

- ¿Quién demonios es este payaso?

- Es Groucho, mi ayudante – me dice el tal Dylan. Hace un par de minutos que dejé de buscarle sentido a las cosas, así que me limito a asentir.

- Mi nombre es Spike. ¿Puedo hacerte una pregunta, amigo? ¿Dónde coño estamos?

El investigador se pone a mirar una especie de brújula esotérica que saca del bolsillo, como si fuera a orientarse en medio de esta locura, y me dice:

- Lo cierto es que estamos perdidos, Spike. Groucho y yo hemos venido hasta aquí por una grieta interdimensional que apareció en medio de mi despacho. ¿Y tú?

- Digamos que tuve un mal día – contesto.

- Ah, yo también tuve un mal día. Fue hace un par de años, en abril – dice el clon de Groucho Marx.

Me giro hacia el detective y le pregunto si siempre es así.

- Siempre – me responde él, completamente en serio -. Pero ahora debemos concentrarnos en cómo salir de aquí. Mi quinto sentido y medio me dice que tiene que haber una forma de regresar a 1995.

- ¿De qué hablas? ¿1995? ¿Al futuro?

El detective se me queda mirando de arriba abajo:

- Entiendo. ¿De qué año eres tú?

- 1963. Sabes, soy algo parecido a alguien importante en mi tiempo. Vivo en Roma, sabes, y soy un artis...

- Claro, ya entiendo – me interrumpe él -. Este lugar está fuera del espacio y del tiempo. Supongo que tenemos que regresar a nuestro plano de la realidad, y entonces...

De repente, el suelo empieza a temblar, como en un terremoto (si es que en este lugar puede haber terremotos).

- ¡Esto me recuerda a una historia muy embarazosa que me sucedió el sábado en la discoteca! – dice Groucho -. ¿Te parece que es buen momento para contarla, jefe?

Entonces, algo sale del suelo, un monstruo demasiado horrible como para describirlo en pocas palabras. Digamos solo que tienen tentáculos, emite alaridos y que me recuerda a la forma de Horror más grotesca, nauseabunda y primigenia que he visto nunca. Es decir, a Francia.

- ¡Atrás! – dice el detective -. ¡Sé cómo hacerle frente!

Y en ese momento me doy cuenta de que su brújula es más que una brújula. Más que nada, porque emite una luz fortísima que envía al monstruo de vuelta al agujero de donde salió. Así de fácil. Empiezo a pensar que este tipo es un especialista.

- Vaya, eso ha estado muy bien – le digo, levantándome del suelo -. Recuérdame que te invite a un trago cuando acabe todo esto.

- Lo dudo mucho, Spike.

- ¿Por qué? ¿Es que eres abstemio o algo así?

- Sí. Pero esa no es la única razón.

Me doy cuenta de que los dos me están mirando a la cara de una forma muy extraña. Y entonces me entero de lo que pasa: durante la batalla, se me activó la cara de demonio como mecanismo de defensa, lo que significa que estoy jodido. Quiero decir, todavía más jodido de lo que ya estaba antes. Que, por si no habéis estado prestando atención, era mucho.

Sin previo aviso, el detective saca una estaca de su chaqueta y empieza a caminar hacia mí.

- Oye, ¿qué es esto? ¿Es que no sales de casa sin una jodida estaca de madera? - pregunto, mientras empiezo a retroceder.

- Sí, es mi trabajo – me dice él, cada vez más serio.

- Escucha, no quiero hacerte daño. Ambos estamos en una situación bastante espinosa, así que lo mejor será que colaboremos un poco, ¿no crees?

Pero el tipo no parece estar por la labor. Yo sigo retrocediendo (¿qué más puedo hacer?) cuando, de repente, algo me absorbe hacia abajo. Es como una corriente de aire, pero como mil veces más poderosa. Antes de darme cuenta, choco contra el suelo, contra otro suelo, en un lugar completamente diferente.

Estoy en una habitación medio en ruinas. Las paredes están rodeadas de esas plantas raras que había en el otro lugar, sólo que aquí han crecido como enredaderas hasta darle a la habitación un ambiente irreal. Al fondo, al lado de una ventana, hay un hombre muy delgado e impecablemente vestido que no deja de mirarme. De todas maneras, lo más inquietante no es eso.

Justo detrás de donde he aterrizado hay algo vivo. No es humano, ni tampoco es ningún demonio que yo conozca. Parece más bien un insecto gigante, lleno de babas y agazapado en la pared, como si tuviera miedo de algo. En la mano derecha tiene una especie de pipa de hachís, y con la izquierda sujeta una bolsa de cuero. Pero no, esto tampoco es lo más inquietante de la habitación.

Lo más inquietante es que la ventana de la habitación da hacia un lugar muy parecido a Marruecos. La luz del sol empapa toda la habitación, pero no parece afectarme: como os decía, hace tiempo que dejé de buscarle sentido a nada.

El hombre delgado me mira, sonriendo, y me ofrece con un gesto la silla que hay cerca de la mesa donde él está sentado.

- Saludos, viajero. ¿A qué se debe la visita? – pregunta el hombre.

- Si le digo la verdad, no tengo ni la más remota idea – contesto yo mientras me siento en la silla de madera y miro por la ventana-. ¿Dónde estamos?

- En ningún sitio y, a la vez, en todos los sitios. A mí me gusta llamarlo “Interzona”.

En la mesa hay un cenicero lleno de colillas, una revista desgastada por el uso y una botella de vino. El tipo me ofrece un vaso y pregunta:

- La verdadera cuestión es: ¿dónde estás tú?

- Si te digo la verdad, no lo sé – le contesto después de beberme el vaso de un trago -. Se supone que estoy en Roma, en alguna habitación de algún lujoso palacio, debatiéndome entra la vida y la muerte.

- Sí, recuerdo Roma. Todos hemos pasado por lo mismo en esa ciudad. ¿Qué haces allí?

- Verás, se... Se supone que soy un artista. Dru y yo... Somos el grito desesperado de nuestra generación. O algo parecido.

El extraño sonríe y se acerca un poco más a mí:

- Déjame que te diga una cosa, inglés. El arte es una mierda. Si hay algo que sé, es eso. A mí también intentaron ponerme la misma etiqueta, pero la creación no puede medirse objetivamente. El siglo XX... ¡Ja! El arte no es más que una alucinación colectiva. El sueño de un drogata. El mundo, el ser humano, no es más que caos semiótico, y el arte es su manifestación más inútil e incoherente. Todos creamos cosas, pero llamar “arte” a eso no es más que pervertirlo.

- Bueno, a mí nunca me ha gustado demasiado la idea – le digo -. El problema es que ahora estoy bloqueado.

- ¿El bloqueo creativo? No existe, amigo, no hay nada parecido. Si lo tienes, es que nunca fuiste un creador verdadero. Fuiste un farsante. O, a lo mejor, es que te hicieron creer que eras un creador de “arte”, te quitaron tu verdadera libertad. Hazme caso: no hagas caso. A nadie. Vuelve a tus orígenes. Vuelve a crear, y no te preocupes por lo que algún chupapollas lea en eso.

Es verdad. Siento que, de algún modo extraño, este tío ha dicho algo con sentido en medio de esta locura. Es una idiotez, pero tiene sentido. Miro por la ventana y veo el sol, impactando directamente en mi cara muerta. Y entonces entiendo que al fin soy libre.

- Joder. Gracias. Gracias.

El extraño me hace un gesto con la mano, indicando que no tiene importancia. Al fondo de la habitación, la criatura se empieza a mover de manera muy extraña, como si estuviera en una película muy antigua. Me fijo en su bolsa de cuero marrón: dentro hay algo que emite un brillo morado poderosímo.

- Ah, te has fijado en las esferas – me dice el hombre -. ¿Quieres verlas? No te recomiendo que las mires mucho tiempo.

Sé que no debo, pero aún así me acerco a la criatura y miro dentro de su bolsa. Hay tres esferas moradas, y dentro parecen tener imágenes. Imágenes en movimiento. Me acerco un poco más.

Y me veo a mí mismo dentro de la esfera... Estoy en una especie de tren, un tren que va por debajo de la tierra. Lucho contra alguien muy poderoso. Gano. Luego la imagen cambia, como si se difuminara y se volviera a formar. Pero ahora es completamente diferente. Hay una chica rubia. Está en una especie de... colegio. En la biblioteca de un colegio, en una ciudad soleada. Vuelve a cambiar. Es una especie de coreografía en un cementerio. Estoy yo, cantando y bailando. Ella está allí también. Luego se vuelve borroso otra vez. Ahora salgo yo con la chica, en un edifico que se cae a pedazos. Lo estamos haciendo como animales. Luego una cueva. Tengo algo extraño dentro de mí. Hay un colgante. Despierto en... una oficina. Lejos de allí. Y luego un callejón lluvioso... se acerca algo terrible, y... Un momento. Un condenado momento. ¿¿Él también está allí??

- No mires más, jovencito.

Me giro y veo que el hombre está justo detrás de mí. Cuando vuelvo a mirar a las esferas, la criatura cierra la bolsa. Le pregunto qué era eso.

- Créeme: no quieres saberlo.

Típico. De todos modos, tampoco tengo razones para estar cabreado: este viejo loco me ha liberado.

- Gracias – le digo -. En serio, gracias por lo de antes. ¿Cuándo me puedo ir de aquí?

- Esto es la Interzona. Puedes irte cuando quieras.

Lo siguiente que pasa es que la oscuridad me vuelve a envolver.

Y luego, durante una eternidad, no pasa nada.

Y luego despierto en Roma.

***

Estoy en el dormitorio, en la misma posición en la que lo abandoné hace... ¿cuánto tiempo hace? Valentina está a mi lado, aún desnuda, dándome golpes en la cara para despertarme.

- Spike, Spike, ¿estás bien?

Me incorporo, y descubro que no estoy cansado. No, todo lo contrario.

- Estoy mejor que nunca, amor. Siento que he vuelto. Por primera vez en semanas, siento que he vuelto.

- ¿Qué has visto? – pregunta ella.

- Lo he visto todo.

Ah, es bueno estar de vuelta.

Recojo mi chaqueta, me la pongo y me dirijo hacia la puerta. Detrás, Valentina busca a tientas su vestido y me pregunta:

- Espera, Spike. ¿Qué vas a hacer ahora?

Voy a hacer lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo. La condesa, Marcello, Michael James y nuestra Claudia. Sé dónde están: aquí, en esta misma fiesta, en la gran inauguración. Voy a buscarlos.

Voy a buscarlos y voy a matarlos a todos.

jueves, agosto 31, 2006

The Filthy Life (4)

Esta noche había un perro jugando con una niña en la calle. Caras de felicidad en sus cuerpos llenos de vida. Esta ciudad ha dejado de temerme.

Así que se supone que estoy en la puerta del Valeska, tambaleándome, con una botella de whisky en la mano, bebiendo todo lo que mi cuerpo inmortal puede aguantar y hablando con el aparcacoches. No me preguntéis cómo he llegado hasta aquí: desde que fui incapaz de morder a esa prostituta no tengo recuerdos, sino flashes. Cuando tu vida deja de tener sentido, solo hay tiempo para flashes.

El aparcacoches se llama Antonio Barbacane y, para ser sinceros, no entiendo una jodida palabra de lo que dice. Por ejemplo:

- Molt gent famossa chest sera, eh, my friend?

Asiento con la cabeza, casi sin mirarle, y le doy otro trago a la botella. Estoy seguro de que he salido aquí para buscar algo, pero he olvidado el qué. Dentro, todos están obnubilados con la maldita banda de jazz, especialmente Dru, que estos últimos días parece estar a kilómetros de distancia.

Se supone que, ahora mismo, estoy preparando mi obra maestra. Mi “Mona Lisa”.

Se supone que los americanos vienen el lunes a comprarla.

La condesa no habla de otra jodida cosa. Dice que entiende que me esté tomando mi tiempo, que estas cosas no surgen por arte de magia. Me ha propuesto visitar los Museos Vaticanos como inspiración: dice que podría darle un giro blasfemo a mi obra, que el anticlericalismo está muy de moda. Ni siquiera me molesto en explicarle lo que me pasaría si me acercase al Vaticano: simplemente, asiento con la cabeza. Últimamente me limito a eso.

Se supone que estoy en el Eur, en una de las orgías de Marcello, Se supone que he acudido aquí en busca de inspiración.

Se supone que soy un asesino. Una ser despiadado, una criatura infernal, un demonio con sed de sangre. En menos de dos semanas, esta gente me ha convertido en un artista de mierda. No, mucho peor: en un artista de mierda sin talento. No puedo crear, y, por tanto, no puedo matar. La condesa y su corte de ricos decadentes me han castrado.

Soy un payaso, pero se supone que soy el último grito desesperado del arte del siglo XX.

No creáis que no he intentado matar: lo he hecho, pero es imposible. Me paralizo, dudo, no puedo dar el gran paso. Siento como si hubiera perdido algo fundamental, como si tuviera algo en la punta de la lengua y no pudiera decirlo. Llevo días alimentándome solo de esa basura de sangre animal que me sirven en el Valeska porque la condesa me ha metido en la cabeza que soy un artista.

De repente, me entran ganas de hablar con Guido: por fin siento que tenemos algo en común. Me pregunto qué tal le irá en el balneario y me encuentro a mí mismo echándole de menos. ¿Se puede concebir algo más patético?

Lo peor de todo es la indiferencia de Drusilla. O sea, ella siempre ha estado como una cabra, pero ahora es peor. Ahora todo le da igual: se queda en la habitación hablando con esos jodidos gorriones. Y, ya que estamos, ¿qué hace un gorrión en la ventana de nuestro ático en mitad de la noche? Esta ciudad me está volviendo loco.

Se supone que el tal Barbacane quiere que le deje entrar al Valeska cuando acabe su turno. Se supone que por eso me está hablando en ese dialecto incomprensible.

De repente, tengo un momento de lucidez y pienso que yo no soy mejor que este tío. Seguramente, el también habrá venido a Roma en busca de algo más que de un trabajo de aparcacoches. Le cojo del hombro y le grito que a los dos nos la han jugado (estoy borracho, no me pidáis que actúe con delicadeza). El tío empieza a ponerse visiblemente nervioso y a sonreírme mientras mira a todos lados, aunque nadie parece reparar en nosotros dos.

Se supone que empiezo una pelea dentro del local con un par de tíos que se me quedan mirando en la pista de baile. Les mando al hospital, pero soy incapaz de matarles. Una vez fuera, la condesa y Michael James me dicen que soy tremendo. Que soy la bomba. Que nunca se cansan conmigo.

Cuando has perdido tu propósito en la vida, todos los días (todas las noches, en mi caso) te parecen iguales. Me pregunto si esta crisis me habrá servido, al menos, para poder verlo todo más claro. Me pregunto si alguna vez acabará. Me pregunto cuánto tiempo me falta para que descubran que soy un fraude, que no he creado nada desde que nos colamos en la villa de la condesa, que soy incapaz de matar a nadie.

Me pregunto cuánto tiempo pasará antes de que alguien me pille comiéndome a un gato en un callejón.

Así que se supone que hoy es el día más importante de todos. La gran inauguración. La escuela de modelos. El sueño de la señora Como. Se supone que hoy va a pasar algo grande.

Esta noche, el palacio de los Como tan está lleno de esas luces con forma de guirnalda que parece que es navidad. Los invitados se concentran sobre todo en el salón principal, aunque también hay mucha gente hablando en la piscina. Jamás en mi vida se me hubiera ocurrido que aquí podía caber tanta gente: parece que todo el que es alguien en Roma ha sido invitado a la fiesta de inauguración de la escuela de modelos.

Las aspirantes llevan una especie de pegatina con su nombre y un número, como si fueran sus placas de identificación. Dentro de una media hora, la condesa dará su gran discurso de bienvenida en el salón principal, presentando a todas las modelos y dando por inaugurada la escuela. Todo el mundo está expectante.

Antes de que lo preguntéis: no, Dru no ha venido. Pero el resto del grupo está aquí: Marcello se pasea por el salón hablando con todo el mundo y fingiendo que está pasándoselo como nunca en su vida, la condesa está sentada en el sofá con su amante mientras atiende a los periodistas, Michael y Claudia han subido a buscar una habitación... Lo de siempre.

Ahora se supone que estoy junto al borde de la piscina, viendo cómo un par de aspirantes a modelo se bañan desnudas y asegurándole a otra que soy el manager de los Beatles.

- Entonces... ¿Conoces a John? ¿De verdad? – me pregunta como catorce malditas veces.

El marido de la condesa está sentado en una silla cerca de la piscina, demasiado borracho para ver lo que su mujer hace con su amante en el salón, a la vista de todos. Me doy cuenta de que ya va siendo hora de que alguien le de a este pobre bastardo una oportunidad, así que le digo a la chica que tengo que hacer una llamado urgente a Liverpool y me acerco a él con una botella en la mano.

Entonces, como surgido de la nada, llega un flash. Un flash de verdad, de una de esas cámaras con teleobjetivo de última generación.

Se supone que la que me ha hecho la foto es una chica de unos 23 años, con el pelo negro al estilo Anna Karina, vestido rojo a cuadros y botas negras. La chica se cuelga la cámara al cuello y se me queda mirando, como esperando que haga algo.

- Vaya – le digo, notando que estoy algo borracho para iniciar una conversación seria.- ¿Sabes que por poco me congelas con esa cámara?

- Bueno, eso es cosa de Philip- contesta -. Yo solo intento captar la esencia del momento.

- ¿Philip?

- Mi novio.

- Y... ¿está Philip por aquí? – le pregunto, fingiendo que miro a mi alrededor.

Ella sonríe y dice:

- No, se ha quedado en Milán. A mí me han mandado a cubrir esto sola – me dice mientras rebobina la cámara.- Soy fotógrafo.

- ¿Eres de la prensa?

- Sí, algo así. La verdad es que me estoy aburriendo un poco, ¿tú no?

- Bueno, lo cierto es que últimamente no hago otra cosa – le contesto.

- Sí, te entiendo – me dice ella, mientras busca en su bolso un mechero para encender el cigarrillo que lleva en la boca desde que me hizo la foto.

Mientras hablamos, Marcello ha cogido una cámara de fotos y está tumbado en el bordillo de la piscina, sin parar de disparar su objetivo sobre las dos bañistas desnudas (que ahora están posando en la piscina). La chica les mira, se enciende el cigarrillo y me pregunta:

- ¿Las has visto? Por Dios, ¿tiene idea de dónde se están metiendo?

- Bueno, la condesa les ha vendido un sueño – le respondo yo.- Creo que puedo comprenderlas.

La chica sonríe y, por primera vez, me fijo en su mirada. No sabría describirla, pero es... hipnótica. Extrañamente hipnótica.

De repente, me doy cuenta de que no nos hemos presentado:

- Por cierto, soy Spike.

Ella me tiende la mano y dice:

- Soy Valentina. ¿Alguna vez has probado el adrenocromo?

Tengo que hacer un gran esfuerzo para que no se me caiga la copa de las manos.

- Ey, amor, veo que te gusta ir deprisa. ¿Me estás diciendo que has traído adrenocromo a esta fiesta?

- Eso mismo, Spike – contesta ella, mientras me vuelve a mirar de esa manera, mordiaqueándose el meñique.

- He oído que es algo peligroso.

Valetina da una calada y, antes de expulsar el humo, me dice:

- Es jodidamente peligroso. ¿Qué te parece si tú y yo subimos a una de esas habitaciones y lo probamos? De verdad, tienes que saber lo que se siente.

- ¿Y qué se siente, amor?

Y entonces, mientras se acaba el cigarro y me coge de la mano, sonríe y me dice:

- Spike, ¿alguna vez has estado en otro plano de la realidad?

jueves, agosto 24, 2006

The Filthy Life (3)

Marcello me ha dejado uno de sus libros de crónicas nocturnas (es lo que pone en la portada). El libro empieza así:

Piensa en el Infierno. Ahora piensa que se abre paso a través del pavimento y crece como si se tratara de una mandrágora. Así es Roma de noche.

Esplendor y decadencia en un laberinto de calles pequeñas y solitarias que acaban en inesperados callejones sin salida, iglesias y reliquias que te sorprenden en cada esquina. Casas construidas a partir de piedra vieja que empiezan a apagar las luces del interior, pisadas milenarias que te siguen mientras te pierdes a través de estos angostos pasillos urbanos vacíos de vida. Roma es el único sitio que una criatura de la noche podría llamar
hogar.

Y yo la recorro en busca de mi próxima víctima. De mi próxima obra.

Según me dijo la condesa cuando volvíamos de la villa en el coche de su marido, tengo que buscar la rabia dentro de mí, y luego proyectar esa rabia hacia el lienzo (es decir, hacia la víctima, pero ella nunca utilizaría esa palabra). Dice que mi arte nace de la rabia, que es el grito desesperado de mi generación. Lo cierto es que soy muchas generaciones mayor que ella, pero no quiero interrumpirla.

- Tienes que explorar el escenario, Spike. No te limites a dejar el lienzo en medio de la habitación: experimenta con las posibilidades.

La misma noche que entramos en su casa y matamos al servicio, la condesa llamó por teléfono a Marcello y le dijo que tenía algo que le iba a interesar. Tardó menos de media hora en llegar, y cuando vio lo que había pasado en la cocina, corrió a abrazarnos a Drusilla y a mí. Si os digo la verdad, no tengo ni idea de lo que decía: hablaba en italiano, y yo tengo muy mal oído para los idiomas. Al menos, es lo que siempre he pensado.

No sé si alguien más del grupo vio nuestra primera obra antes de que la condesa mandara limpiarla (Vuestro arte es efímero, como nuestro tiempo), pero me consta que el señor Como no tiene ni idea de lo que le pasó al servicio. Tampoco es que le importe demasiado: las dos veces que le he visto estaba completamente borracho, una en el jardín y otra en el salón, mientras los interioristas lo preparaban todo para la gran inauguración (os hablaré de ella más abajo). Creo que puedo entender esas miradas de odio puro que le lanza la condesa de vez en cuando: estos dos bastardos se odian a muerte.

En el coche, la condesa nos dice que necesita material fresco: al parecer, ha llamado a unos peces gordos de Estados Unidos y quiere enseñarles nuevas obras. Dice que no podemos repetirnos, que tenemos que evolucionar:

- La metáfora de los criados oprimidos fue realmente soberbia, pero tenéis que probar nuevos discursos autorales. Si os quedáis estancados, nunca pasaréis de ser una flor de un día.

Dice que estaría bien que nos propusiéramos un reto, así que a Marcello (que va en el asiento del copiloto) se le ocurre que podríamos atrevernos con una prostituta. Según él, sería una forma de superar mis miedos, de sublimarlos en una experiencia artística. Yo le digo que sin problema, que ya sublimé mis miedos con el guarda nocturno de la señora Como. Todos se ríen.

Y esa es, en líneas generales, la razón por la que estoy recorriendo las calles del centro de Roma esta noche: busco carne fresca. Y, aparentemente, también inspiración. Si os preguntáis la razón por la que estoy solo, esa viene luego, junto con lo de la inauguración. Joder, ¿os estoy liando mucho? Vale, os contaré lo de la inauguración ahora mismo.

La condesa piensa abrir una academia de modelos en los próximos días. La idea es que cualquier chica joven que haya venido a Roma para intentar hacerse un hueco en el mundo de la moda, el cine o lo que sea podrá acudir a la villa de los Como, pagar la inscripción y prepararse para convivir con el resto de aspirantes durante tres largos meses, en los que un grupo de expertos les darán clases para convertirse en la nueva sensación de la noche romana (al parecer, ahora somos Dru y yo, pero eso puede cambiar en cualquier momento). Así que la semana que viene la condesa da una gran fiesta de inauguración, en la que habrá alcohol, drogas y jóvenes apetitosas. Marcello me susurró que podría convertir la fiesta en mi Capilla Sixtina, pero a la condesa y a Dru no pareció gustarles la idea.

Si he de ser sincero, toda esta historia del arte moderno no me interesa una mierda, y a Drusilla tampoco. Sólo les estamos siguiendo la corriente a estos ricos decadentes por mera curiosidad: ¡siempre habíamos pensado que lo que hacíamos eran matanzas irracionales, joder! Estamos intrigados por cómo puede acabar esto, y cuando nos aburramos del arte les mataremos a todos, empezando por la jodida condesa. De eso podéis estar seguros. Mientras tanto, disfrutamos de nuestra dulce vida en la azotea de lujo que nos ha conseguido la señora Como.

En el coche, la condesa acaricia la barbilla de su amante y me dice:

- ¿Has pensado en teñirte el pelo, Spike? Creo que el rubio te iría bien. Te daría un toque más... más de artista, sai?

Pensándolo bien, la condesa no me cae tan mal. Al que realmente odio es al bastardo de Guido, siempre con esa mierda del bloqueo creativo. La buena noticia es que creo que finalmente se va a ese balneario, lo cual es un alivio: si volvía a susurrar una vez más lo del terror a la página en blanco...

Vale, ahora tengo que centrarme. Busco a una prostituta por uno de estos callejones, la llevo a nuestro ático y exploro el maldito escenario con sus intestinos. No parece tan difícil, pero me hubiera gustado que Dru estuviese aquí conmigo. Y, sí, lo habéis adivinado: ahora es cuando viene la razón por la que Dru no está aquí conmigo. En el párrafo de abajo.

Lo cierto es que Dru está bastante dispersa desde que llegamos a Roma. Lo que quiero decir es que siempre ha sido un poco especial con estas cosas, pero últimamente se queda embobada con cualquier idiotez. Como esta noche, en el ático: me estoy poniendo la corbata para nuestra salida artístico-criminal y la oigo hablando con un pájaro que acaba de llegar por la ventana. En serio, hablaba con el jodido pájaro.

- Spike, esta noche no quiero salir. Este gorrión tiene tantas cosas que decirme... Le escucharé, y luego me lo comeré.

Yo intento que comprenda que esta es nuestra gran noche, nuestra difícil segunda obra, pero no parece escucharme: sólo me dice que me vaya yo solo, que no le importa. Cuando el asesinato deje de ser el único pensamiento en mi cabeza, empezaré a preocuparme de verdad por el estado de Drusilla. Ahora, simplemente busco una prostituta.

Y entonces la veo. Está en una especie de pequeña plaza mal iluminada, escondida entre cuatro edificios de piedra vieja. Hay una antigua columna romana en el centro y un par de Vespas aparcadas en la puerta de una casa. Lleva un vestido negro y un pañuelo rojo atado al cuello. Es ella, sin ninguna duda.

Lo que hago es acercarme a ella sigilosamente y, cuando estoy lo suficientemente cerca, me enciendo un cigarro para que se fije en mí. Elevo la vista con mucho cuidado hacia ella y me doy cuenta de que algo va mal: está hablando con un cliente, un tipo bajo, con pinta de pueblerino. Así que me acerco hacia él y le aparto bruscamente:

- Lo siento, paleto, hoy no es tu noche.

El tipo me mira un momento, indignado, y luego intenta plantarme cara, con los puños por delante como si fuera un boxeador de los años 20. Es bastante patético, pero no tengo gana de que me arruine la noche. Cuando estoy a punto de lanzarme hacia él, la chica me coge del brazo. Entonces la miro a la cara por primera vez: es guapa, pero cuesta discernirlo entre tanto maquillaje barato. Además, tiene una herida en la frente, y parece bastante reciente. Está claro que ha sido una mala noche y no quiere más problemas.

- Marcovaldo, vatene. Per favore, oggi non possiamo – le dice al tipo en tono conciliador.

El tipo se queda un rato parado, evaluando sus posibilidades, pero al final se da la vuelta y se va. De todos modos, el cabrón no deja de mirar hacia atrás indignado, asó que me aseguro de que la chica no está mirando y le pongo mi cara de Halloween. Ni que decir tiene que salió corriendo como alma que lleva el diablo: parece que Marcovaldo tendrá otra historia sobre los peligros de la ciudad para cuando vuelva al pueblo.

- Bueno, amor, parece que por fin nos han dejado solos... – le digo a la chica, que me mira tímidamente y sonríe.- ¿Hablas mi idioma?

- Sí, mi madre me enseñó un poco de inglés. ¿Quieres...? Ya sabes.

- Claro que sí. Si quieres, podemos ir a mi ático. No está muy lejos, así que...

- No, no – me contesta ella.- Prefiero en mi piso. Este ese – la chica me señala la casa de enfrente, un edificio al borde del derribo cuya fachada está recorrida por una planta trepadora.

- Está bien, amor.

- Rosetta. Me llamo Rosetta.

Cuando llegamos a la puerta, ella entra en seguida y me deja esperando fuera. Le digo que me invite a pasar, pero ella se limita a asentir con la cabeza.

- No, Rosetta. Verás, me sentiría más cómodo si lo dijeras.

Me mira como si fuera un bicho raro, pero al final lo dice. Al entrar, me doy cuenta de que este no es solo su lugar de trabajo: es su hogar, o, al menos, lo más parecido que tiene a uno. Lo cual me recuerda que tengo que preguntarle algo:

- ¿Por qué haces la ronda tan cerca de aquí? No creerás todas esas historias de vampiros acechando en la noche, ¿verdad?

- ¡Claro que no! ¡Qué tontería! Eso solo lo dicen para asustarnos. Ya soy mayorcita para creerme cuentos de fantasmas.

Eso es un alivio. La chica se gira un momento y luego me conduce hasta la cama:

- Espérame aquí un momento. Voy a mirarme esta herida...

Creo que espera que le pregunte quién se la ha hecho, pero yo ya estoy completamente concentrado en mi trabajo. Así que, cuando ella se sienta frente al tocador y se pone a mirarse la frente en el espejo, yo me coloco detrás y me dispongo a...

Un momento.

¿Qué voy a hacer? ¿Morderle el cuello? ¿Empiezo por ahí? No, no, no: es lo que esperan que haga. Tengo que innovar, tengo que...

¿El brazo?

No... Espera... Eh, no, un momento, yo...

Puedo asustarla. Puedo perseguirla por toda la habitación... No, puedo empezar por chuparle la sangre de la herida, y luego...

Luego, yo... Luego...

Mierda.

Joder, podría empezar por... ¿Las piernas? ¿O le rompo el cuello?

No. No, no, no, no, no. ¿Qué coño me pasa? ¿Qué me está pasando? Le tengo aquí, estoy aquí y... No puedo. No sé qué hacer. Tengo el lienzo, pero estoy... Estoy...

Bloqueado. Estoy bloqueado. Ella se mira en el espejo y no me ve aquí, detrás de ella, con las manos alrededor de su cuello y parado, sin saber qué hacer, buscando una pista, acordándome de Guido, del cabrón de Guido y de su maldito terror a la página en blanco. Mierda. Soy como él. Soy como él.

jueves, agosto 17, 2006

The Filthy Life (2)

Dos noches después de superar mi experiencia cercana a la muerte (a la muerte de verdad, me refiero), a Drusilla se le ocurrió que la única cosa en el mundo que podría animarme sería atacar a una familia en plena noche. Pensó que la emoción de la caza volvería a recordarme quién era. Por supuesto, tenía razón.

Así que allí estábamos los dos, corriendo a oscuras por el jardín de una villa romana, irrumpiendo en la caseta del guarda y cortándole la yugular antes de que pudiera hacer ningún movimiento. Confieso que me costó un poco dar el primer paso (maldita sea, había pasado por un jodido infierno la última vez), pero Dru insistió. No lo decía como señal de cortesía ni como un favor hacia mí: lo decía en serio. Allí, de pie, tapando la boca del guardia agonizante con su mano derecha y retorciéndole el brazo con la izquierda, Drusilla me estaba obligando a beber primero.

Y menos mal que lo hice. Todos mis miedos se esfumaron en el momento en que mordí el cuello de aquel tío, en el preciso momento en que mis labios volvieron a entrar en contacto con la sangre. Es toda esa mierda de las cascadas de placer, el éxtasis y los cielos teñidos de rojo. Es todo eso, pero mejor.

Le habría dejado seco, pero Drusilla insistió en que habíamos venido a por una familia y, por tanto, no debíamos malgastar tiempo con el guarda. Antes de que saliera por la caseta, la agarré por el brazo y la estreché contra mí: maldita sea, me sentía tan bien... Nos besamos allí, a la luz de la luna, con el guarda aún vivo retorciéndose de dolor y su sangre cayendo por nuestros labios.

Ah, era bueno estar de vuelta...

La villa era casi un palacio: dos pisos, un jardín enorme, buena iluminación... La seguridad no era impresionante, pero, por lo demás, esto era todo un desafío. Dru y yo nos paramos frente a la entrada y pensamos el plan de ataque:

- Tu qué opinas, amor: ¿servicio o niño?

- Déjame hablar con el niño, Spike. Déjame convencerle de que nos abra la ventana, y luego le cantaré una nana mientras tú mutilas a sus padres.

No parecía mal plan, pero fallaba algo fundamental:

- Dru, ¿estás segura de que esta gente tiene hijos?

Lo suponía.

El servicio estaba terminando de cenar en la cocina: por lo que pude ver a través de la ventana, se trataba de dos sirvientas, un cocinero y un mayordomo. Todos parecían relativamente jóvenes y con buena salud. La cocina también parecía un lugar idóneo para empezar: mal iluminada por una lámpara situada en el centro de la mesa donde el servicio estaba cenando, el sitio estaba lo suficientemente alejado del dormitorio principal como para que los señores no pudieran oír los gritos y, de este modo, no se arruinase el factor sorpresa.

La idea para entrar era un clásico que habíamos ido perfeccionando durante todos estos años: Drusilla se acerca a la ventana cubierta por la sangre del guarda, dice que ella y su marido acaban de tener un accidente horrible, suplica que la dejen entrar y empieza el espectáculo. Me gustaba más entrar por la cocina porque el servicio siempre es más confiado que los amos de la casa: suelen ser buena gente, y eso es lo que nos facilita el trabajo a Dru y a mí.

- Oh, Dio, Maria. Guarda quella signorina!

El mayordomo se levantó y corrió a abrir la puerta. Escondido tras un seto, pienso que esto va a ser más fácil de lo que pensábamos. De hecho, Dru no tuvo oportunidad de practicar el poco italiano que ha aprendido desde que llegamos aquí, porque el mayordomo la invitó a pasar en seguida. En ese momento, entro yo en el papel de marido herido que acaba de salir de su coche accidentado y pide por favor que le dejen pasar con su mujer. Sé que estaréis pensando que sería más fácil que entrásemos los dos a la vez, pero la experiencia nos confirma que la gente no está muy dispuesta a invitar a pasar a dos personas a la vez. Además, esta es nuestra jodida táctica: si no os gusta, proponed otra.

El resto ya lo conocéis: sangre, muerte y confusión. No recuerdo muy bien el orden en que nos empezamos a alimentar de esta gente, pero sé que yo estaba terminando de torturar a una de las criadas cuando entró ella. Ahora que lo pienso, aquel fue el momento preciso en que empezaron nuestros problemas.

Lo que más me sorprendió de la condesa Cristina Como es que no gritó cuando abrió la puerta de su cocina y se encontró a dos criaturas de la noche asesinando a todo su personal de servicio. En lugar de eso, se quedó parada, en blanco, absolutamente petrificada. No puedo decir a ciencia cierta si lo que se leía en sus ojos era miedo. El hecho es que allí estaba ella, en camisón, contemplando la pesadilla en la que se había transformado su cocina, incapaz de moverse ni de pedir auxilio.

En otras palabras: una presa fácil.

Dejé a la criada en el suelo, me incorporé y me lancé sobre ella lanzando mi mejor rugido. Aún no sé que pudo salir mal: tenía el rugido, tenía mi cara de demonio y tenía la jodida sangre de su doncella cayéndome por los labios. Estaba a un paso de destrozarle la garganta, y entonces fue cuando la condesa empezó a hablar:

- Esto... esto es... es... Fascinante.

Confieso que el que se frenó en seco entonces fui yo. La condesa ni siquiera me había dirigido la mirada: aún seguía con los ojos puestos en el charco de sangre del centro de la habitación. Sabía que no debía quedarme ahí parado, pero la señora había dicho que era fascinante. Fascinante.

- ¿De qué demonios está hablando? – fue lo único que se me ocurrió decirle.

La condesa me hizo un gesto con la mano, un sin mirarme. Comenzó a andar hacia Drusilla, aún con la mirada perdida en los pequeños detalles de la cocina, y entonces empezó a esbozar algo muy parecido a una sonrisa.

- La disposición de los elementos, la furia, los colores vivos, el horror descarnado... Es sencillamente fascinante. Esto es... bello, sí es horriblemente bello -. La condesa entonces se giró y, por primera vez desde que había aparecido, se dirigió a Drusilla y a mí: - Chicos, ¿conocéis a Francis Bacon?

Dru se acercó a mí me cogió del hombro: no puedo decirlo a ciencia cierta, pero creo que estaba asustada. De hecho, nunca habíamos visto nada parecido. Yo quería reaccionar, pero mis piernas no me respondían y mi cabeza seguía repitiendo el mismo pensamiento: ¿¡Por qué cojones no intenta huir!?

Ella siguió hablando, sin dejar de mirar las manchas de sangre que decoraban las paredes:

- Sí, le habéis dado una nueva dimensión a Bacon: su dolor ha salido del lienzo. Es como una visión de El Bosco, es como... Oh, Dios, nunca había visto nada parecido. Es atrevido, original, radical. Sí... Ya veréis cuando se lo diga a Marcello: esto es lo que estaba buscando. Es el próximo paso.

La condesa se volvió a dirigir a nosotros:

- ¿Cuánto queréis?

Las alarmas dejaron de sonar en mi cabeza. Ahora todo había dejado de tener sentido:

- Perdone, señora, creo que no ha entendido la situación que tiene en su cocina...

- Oh, sí, caro, la he entendido perfectamente. Sai, aquí no somos como esos estirados académicos británicos. Aquí entendemos la innovación, la trasgresión. Sé que os habrán rechazado millones de galerías, pero esta... demostración inesperada que habéis hecho en mi casa os va a llevar a lo más alto. ¿Cuánto queréis por esto? ¿Dos millones de liras? ¿Más? Pedid lo que queráis, queridos, es vuestro.

Los únicos sonidos que podía emitir en ese momento eran monosílabos sin sentido. Drusilla no dejaba de mirarme:

- Spike, ¿por qué no la matamos? La habitación se llena de sangre, la oscuridad se cierne a nuestro alrededor. ¿Por qué no la matamos?

Entonces fue cuando di un paso al frente y le hice la única pregunta que podía hacerle en medio de aquella maldita locura sin sentido:

- Señora, yo... Creo que no lo he entendido bien. ¿Pretende pagarnos... por haber matado a su personal de servicio?

Apoyada en el fregadero donde descansaba la cabeza del mayordomo, la condesa se rió a carcajadas.

- Ah, veo que eres humilde, giovanotto. Bien, tú puedes llamarlo como quieras, pero déjame que os diga una cosa a tu compañera y a ti: esto que hacéis es arte. Es el arte del siglo XX. Puede que al principio no os comprendan, pero os aseguro que vais a hacer historia. Este es el próximo paso en la Historia del Arte, y nosotros tres lo estamos dando en este preciso instante. Así que, ¿me vais a decir ya por cuánto os extiendo el cheque para que podamos ir al salón y discutir de una vez las condiciones del contrato?

Y así fue como Drusilla y yo nos convertimos en la última sensación cultural de la noche romana.