What if... el mundo al revés?

jueves, agosto 31, 2006

The Filthy Life (4)

Esta noche había un perro jugando con una niña en la calle. Caras de felicidad en sus cuerpos llenos de vida. Esta ciudad ha dejado de temerme.

Así que se supone que estoy en la puerta del Valeska, tambaleándome, con una botella de whisky en la mano, bebiendo todo lo que mi cuerpo inmortal puede aguantar y hablando con el aparcacoches. No me preguntéis cómo he llegado hasta aquí: desde que fui incapaz de morder a esa prostituta no tengo recuerdos, sino flashes. Cuando tu vida deja de tener sentido, solo hay tiempo para flashes.

El aparcacoches se llama Antonio Barbacane y, para ser sinceros, no entiendo una jodida palabra de lo que dice. Por ejemplo:

- Molt gent famossa chest sera, eh, my friend?

Asiento con la cabeza, casi sin mirarle, y le doy otro trago a la botella. Estoy seguro de que he salido aquí para buscar algo, pero he olvidado el qué. Dentro, todos están obnubilados con la maldita banda de jazz, especialmente Dru, que estos últimos días parece estar a kilómetros de distancia.

Se supone que, ahora mismo, estoy preparando mi obra maestra. Mi “Mona Lisa”.

Se supone que los americanos vienen el lunes a comprarla.

La condesa no habla de otra jodida cosa. Dice que entiende que me esté tomando mi tiempo, que estas cosas no surgen por arte de magia. Me ha propuesto visitar los Museos Vaticanos como inspiración: dice que podría darle un giro blasfemo a mi obra, que el anticlericalismo está muy de moda. Ni siquiera me molesto en explicarle lo que me pasaría si me acercase al Vaticano: simplemente, asiento con la cabeza. Últimamente me limito a eso.

Se supone que estoy en el Eur, en una de las orgías de Marcello, Se supone que he acudido aquí en busca de inspiración.

Se supone que soy un asesino. Una ser despiadado, una criatura infernal, un demonio con sed de sangre. En menos de dos semanas, esta gente me ha convertido en un artista de mierda. No, mucho peor: en un artista de mierda sin talento. No puedo crear, y, por tanto, no puedo matar. La condesa y su corte de ricos decadentes me han castrado.

Soy un payaso, pero se supone que soy el último grito desesperado del arte del siglo XX.

No creáis que no he intentado matar: lo he hecho, pero es imposible. Me paralizo, dudo, no puedo dar el gran paso. Siento como si hubiera perdido algo fundamental, como si tuviera algo en la punta de la lengua y no pudiera decirlo. Llevo días alimentándome solo de esa basura de sangre animal que me sirven en el Valeska porque la condesa me ha metido en la cabeza que soy un artista.

De repente, me entran ganas de hablar con Guido: por fin siento que tenemos algo en común. Me pregunto qué tal le irá en el balneario y me encuentro a mí mismo echándole de menos. ¿Se puede concebir algo más patético?

Lo peor de todo es la indiferencia de Drusilla. O sea, ella siempre ha estado como una cabra, pero ahora es peor. Ahora todo le da igual: se queda en la habitación hablando con esos jodidos gorriones. Y, ya que estamos, ¿qué hace un gorrión en la ventana de nuestro ático en mitad de la noche? Esta ciudad me está volviendo loco.

Se supone que el tal Barbacane quiere que le deje entrar al Valeska cuando acabe su turno. Se supone que por eso me está hablando en ese dialecto incomprensible.

De repente, tengo un momento de lucidez y pienso que yo no soy mejor que este tío. Seguramente, el también habrá venido a Roma en busca de algo más que de un trabajo de aparcacoches. Le cojo del hombro y le grito que a los dos nos la han jugado (estoy borracho, no me pidáis que actúe con delicadeza). El tío empieza a ponerse visiblemente nervioso y a sonreírme mientras mira a todos lados, aunque nadie parece reparar en nosotros dos.

Se supone que empiezo una pelea dentro del local con un par de tíos que se me quedan mirando en la pista de baile. Les mando al hospital, pero soy incapaz de matarles. Una vez fuera, la condesa y Michael James me dicen que soy tremendo. Que soy la bomba. Que nunca se cansan conmigo.

Cuando has perdido tu propósito en la vida, todos los días (todas las noches, en mi caso) te parecen iguales. Me pregunto si esta crisis me habrá servido, al menos, para poder verlo todo más claro. Me pregunto si alguna vez acabará. Me pregunto cuánto tiempo me falta para que descubran que soy un fraude, que no he creado nada desde que nos colamos en la villa de la condesa, que soy incapaz de matar a nadie.

Me pregunto cuánto tiempo pasará antes de que alguien me pille comiéndome a un gato en un callejón.

Así que se supone que hoy es el día más importante de todos. La gran inauguración. La escuela de modelos. El sueño de la señora Como. Se supone que hoy va a pasar algo grande.

Esta noche, el palacio de los Como tan está lleno de esas luces con forma de guirnalda que parece que es navidad. Los invitados se concentran sobre todo en el salón principal, aunque también hay mucha gente hablando en la piscina. Jamás en mi vida se me hubiera ocurrido que aquí podía caber tanta gente: parece que todo el que es alguien en Roma ha sido invitado a la fiesta de inauguración de la escuela de modelos.

Las aspirantes llevan una especie de pegatina con su nombre y un número, como si fueran sus placas de identificación. Dentro de una media hora, la condesa dará su gran discurso de bienvenida en el salón principal, presentando a todas las modelos y dando por inaugurada la escuela. Todo el mundo está expectante.

Antes de que lo preguntéis: no, Dru no ha venido. Pero el resto del grupo está aquí: Marcello se pasea por el salón hablando con todo el mundo y fingiendo que está pasándoselo como nunca en su vida, la condesa está sentada en el sofá con su amante mientras atiende a los periodistas, Michael y Claudia han subido a buscar una habitación... Lo de siempre.

Ahora se supone que estoy junto al borde de la piscina, viendo cómo un par de aspirantes a modelo se bañan desnudas y asegurándole a otra que soy el manager de los Beatles.

- Entonces... ¿Conoces a John? ¿De verdad? – me pregunta como catorce malditas veces.

El marido de la condesa está sentado en una silla cerca de la piscina, demasiado borracho para ver lo que su mujer hace con su amante en el salón, a la vista de todos. Me doy cuenta de que ya va siendo hora de que alguien le de a este pobre bastardo una oportunidad, así que le digo a la chica que tengo que hacer una llamado urgente a Liverpool y me acerco a él con una botella en la mano.

Entonces, como surgido de la nada, llega un flash. Un flash de verdad, de una de esas cámaras con teleobjetivo de última generación.

Se supone que la que me ha hecho la foto es una chica de unos 23 años, con el pelo negro al estilo Anna Karina, vestido rojo a cuadros y botas negras. La chica se cuelga la cámara al cuello y se me queda mirando, como esperando que haga algo.

- Vaya – le digo, notando que estoy algo borracho para iniciar una conversación seria.- ¿Sabes que por poco me congelas con esa cámara?

- Bueno, eso es cosa de Philip- contesta -. Yo solo intento captar la esencia del momento.

- ¿Philip?

- Mi novio.

- Y... ¿está Philip por aquí? – le pregunto, fingiendo que miro a mi alrededor.

Ella sonríe y dice:

- No, se ha quedado en Milán. A mí me han mandado a cubrir esto sola – me dice mientras rebobina la cámara.- Soy fotógrafo.

- ¿Eres de la prensa?

- Sí, algo así. La verdad es que me estoy aburriendo un poco, ¿tú no?

- Bueno, lo cierto es que últimamente no hago otra cosa – le contesto.

- Sí, te entiendo – me dice ella, mientras busca en su bolso un mechero para encender el cigarrillo que lleva en la boca desde que me hizo la foto.

Mientras hablamos, Marcello ha cogido una cámara de fotos y está tumbado en el bordillo de la piscina, sin parar de disparar su objetivo sobre las dos bañistas desnudas (que ahora están posando en la piscina). La chica les mira, se enciende el cigarrillo y me pregunta:

- ¿Las has visto? Por Dios, ¿tiene idea de dónde se están metiendo?

- Bueno, la condesa les ha vendido un sueño – le respondo yo.- Creo que puedo comprenderlas.

La chica sonríe y, por primera vez, me fijo en su mirada. No sabría describirla, pero es... hipnótica. Extrañamente hipnótica.

De repente, me doy cuenta de que no nos hemos presentado:

- Por cierto, soy Spike.

Ella me tiende la mano y dice:

- Soy Valentina. ¿Alguna vez has probado el adrenocromo?

Tengo que hacer un gran esfuerzo para que no se me caiga la copa de las manos.

- Ey, amor, veo que te gusta ir deprisa. ¿Me estás diciendo que has traído adrenocromo a esta fiesta?

- Eso mismo, Spike – contesta ella, mientras me vuelve a mirar de esa manera, mordiaqueándose el meñique.

- He oído que es algo peligroso.

Valetina da una calada y, antes de expulsar el humo, me dice:

- Es jodidamente peligroso. ¿Qué te parece si tú y yo subimos a una de esas habitaciones y lo probamos? De verdad, tienes que saber lo que se siente.

- ¿Y qué se siente, amor?

Y entonces, mientras se acaba el cigarro y me coge de la mano, sonríe y me dice:

- Spike, ¿alguna vez has estado en otro plano de la realidad?

jueves, agosto 24, 2006

The Filthy Life (3)

Marcello me ha dejado uno de sus libros de crónicas nocturnas (es lo que pone en la portada). El libro empieza así:

Piensa en el Infierno. Ahora piensa que se abre paso a través del pavimento y crece como si se tratara de una mandrágora. Así es Roma de noche.

Esplendor y decadencia en un laberinto de calles pequeñas y solitarias que acaban en inesperados callejones sin salida, iglesias y reliquias que te sorprenden en cada esquina. Casas construidas a partir de piedra vieja que empiezan a apagar las luces del interior, pisadas milenarias que te siguen mientras te pierdes a través de estos angostos pasillos urbanos vacíos de vida. Roma es el único sitio que una criatura de la noche podría llamar
hogar.

Y yo la recorro en busca de mi próxima víctima. De mi próxima obra.

Según me dijo la condesa cuando volvíamos de la villa en el coche de su marido, tengo que buscar la rabia dentro de mí, y luego proyectar esa rabia hacia el lienzo (es decir, hacia la víctima, pero ella nunca utilizaría esa palabra). Dice que mi arte nace de la rabia, que es el grito desesperado de mi generación. Lo cierto es que soy muchas generaciones mayor que ella, pero no quiero interrumpirla.

- Tienes que explorar el escenario, Spike. No te limites a dejar el lienzo en medio de la habitación: experimenta con las posibilidades.

La misma noche que entramos en su casa y matamos al servicio, la condesa llamó por teléfono a Marcello y le dijo que tenía algo que le iba a interesar. Tardó menos de media hora en llegar, y cuando vio lo que había pasado en la cocina, corrió a abrazarnos a Drusilla y a mí. Si os digo la verdad, no tengo ni idea de lo que decía: hablaba en italiano, y yo tengo muy mal oído para los idiomas. Al menos, es lo que siempre he pensado.

No sé si alguien más del grupo vio nuestra primera obra antes de que la condesa mandara limpiarla (Vuestro arte es efímero, como nuestro tiempo), pero me consta que el señor Como no tiene ni idea de lo que le pasó al servicio. Tampoco es que le importe demasiado: las dos veces que le he visto estaba completamente borracho, una en el jardín y otra en el salón, mientras los interioristas lo preparaban todo para la gran inauguración (os hablaré de ella más abajo). Creo que puedo entender esas miradas de odio puro que le lanza la condesa de vez en cuando: estos dos bastardos se odian a muerte.

En el coche, la condesa nos dice que necesita material fresco: al parecer, ha llamado a unos peces gordos de Estados Unidos y quiere enseñarles nuevas obras. Dice que no podemos repetirnos, que tenemos que evolucionar:

- La metáfora de los criados oprimidos fue realmente soberbia, pero tenéis que probar nuevos discursos autorales. Si os quedáis estancados, nunca pasaréis de ser una flor de un día.

Dice que estaría bien que nos propusiéramos un reto, así que a Marcello (que va en el asiento del copiloto) se le ocurre que podríamos atrevernos con una prostituta. Según él, sería una forma de superar mis miedos, de sublimarlos en una experiencia artística. Yo le digo que sin problema, que ya sublimé mis miedos con el guarda nocturno de la señora Como. Todos se ríen.

Y esa es, en líneas generales, la razón por la que estoy recorriendo las calles del centro de Roma esta noche: busco carne fresca. Y, aparentemente, también inspiración. Si os preguntáis la razón por la que estoy solo, esa viene luego, junto con lo de la inauguración. Joder, ¿os estoy liando mucho? Vale, os contaré lo de la inauguración ahora mismo.

La condesa piensa abrir una academia de modelos en los próximos días. La idea es que cualquier chica joven que haya venido a Roma para intentar hacerse un hueco en el mundo de la moda, el cine o lo que sea podrá acudir a la villa de los Como, pagar la inscripción y prepararse para convivir con el resto de aspirantes durante tres largos meses, en los que un grupo de expertos les darán clases para convertirse en la nueva sensación de la noche romana (al parecer, ahora somos Dru y yo, pero eso puede cambiar en cualquier momento). Así que la semana que viene la condesa da una gran fiesta de inauguración, en la que habrá alcohol, drogas y jóvenes apetitosas. Marcello me susurró que podría convertir la fiesta en mi Capilla Sixtina, pero a la condesa y a Dru no pareció gustarles la idea.

Si he de ser sincero, toda esta historia del arte moderno no me interesa una mierda, y a Drusilla tampoco. Sólo les estamos siguiendo la corriente a estos ricos decadentes por mera curiosidad: ¡siempre habíamos pensado que lo que hacíamos eran matanzas irracionales, joder! Estamos intrigados por cómo puede acabar esto, y cuando nos aburramos del arte les mataremos a todos, empezando por la jodida condesa. De eso podéis estar seguros. Mientras tanto, disfrutamos de nuestra dulce vida en la azotea de lujo que nos ha conseguido la señora Como.

En el coche, la condesa acaricia la barbilla de su amante y me dice:

- ¿Has pensado en teñirte el pelo, Spike? Creo que el rubio te iría bien. Te daría un toque más... más de artista, sai?

Pensándolo bien, la condesa no me cae tan mal. Al que realmente odio es al bastardo de Guido, siempre con esa mierda del bloqueo creativo. La buena noticia es que creo que finalmente se va a ese balneario, lo cual es un alivio: si volvía a susurrar una vez más lo del terror a la página en blanco...

Vale, ahora tengo que centrarme. Busco a una prostituta por uno de estos callejones, la llevo a nuestro ático y exploro el maldito escenario con sus intestinos. No parece tan difícil, pero me hubiera gustado que Dru estuviese aquí conmigo. Y, sí, lo habéis adivinado: ahora es cuando viene la razón por la que Dru no está aquí conmigo. En el párrafo de abajo.

Lo cierto es que Dru está bastante dispersa desde que llegamos a Roma. Lo que quiero decir es que siempre ha sido un poco especial con estas cosas, pero últimamente se queda embobada con cualquier idiotez. Como esta noche, en el ático: me estoy poniendo la corbata para nuestra salida artístico-criminal y la oigo hablando con un pájaro que acaba de llegar por la ventana. En serio, hablaba con el jodido pájaro.

- Spike, esta noche no quiero salir. Este gorrión tiene tantas cosas que decirme... Le escucharé, y luego me lo comeré.

Yo intento que comprenda que esta es nuestra gran noche, nuestra difícil segunda obra, pero no parece escucharme: sólo me dice que me vaya yo solo, que no le importa. Cuando el asesinato deje de ser el único pensamiento en mi cabeza, empezaré a preocuparme de verdad por el estado de Drusilla. Ahora, simplemente busco una prostituta.

Y entonces la veo. Está en una especie de pequeña plaza mal iluminada, escondida entre cuatro edificios de piedra vieja. Hay una antigua columna romana en el centro y un par de Vespas aparcadas en la puerta de una casa. Lleva un vestido negro y un pañuelo rojo atado al cuello. Es ella, sin ninguna duda.

Lo que hago es acercarme a ella sigilosamente y, cuando estoy lo suficientemente cerca, me enciendo un cigarro para que se fije en mí. Elevo la vista con mucho cuidado hacia ella y me doy cuenta de que algo va mal: está hablando con un cliente, un tipo bajo, con pinta de pueblerino. Así que me acerco hacia él y le aparto bruscamente:

- Lo siento, paleto, hoy no es tu noche.

El tipo me mira un momento, indignado, y luego intenta plantarme cara, con los puños por delante como si fuera un boxeador de los años 20. Es bastante patético, pero no tengo gana de que me arruine la noche. Cuando estoy a punto de lanzarme hacia él, la chica me coge del brazo. Entonces la miro a la cara por primera vez: es guapa, pero cuesta discernirlo entre tanto maquillaje barato. Además, tiene una herida en la frente, y parece bastante reciente. Está claro que ha sido una mala noche y no quiere más problemas.

- Marcovaldo, vatene. Per favore, oggi non possiamo – le dice al tipo en tono conciliador.

El tipo se queda un rato parado, evaluando sus posibilidades, pero al final se da la vuelta y se va. De todos modos, el cabrón no deja de mirar hacia atrás indignado, asó que me aseguro de que la chica no está mirando y le pongo mi cara de Halloween. Ni que decir tiene que salió corriendo como alma que lleva el diablo: parece que Marcovaldo tendrá otra historia sobre los peligros de la ciudad para cuando vuelva al pueblo.

- Bueno, amor, parece que por fin nos han dejado solos... – le digo a la chica, que me mira tímidamente y sonríe.- ¿Hablas mi idioma?

- Sí, mi madre me enseñó un poco de inglés. ¿Quieres...? Ya sabes.

- Claro que sí. Si quieres, podemos ir a mi ático. No está muy lejos, así que...

- No, no – me contesta ella.- Prefiero en mi piso. Este ese – la chica me señala la casa de enfrente, un edificio al borde del derribo cuya fachada está recorrida por una planta trepadora.

- Está bien, amor.

- Rosetta. Me llamo Rosetta.

Cuando llegamos a la puerta, ella entra en seguida y me deja esperando fuera. Le digo que me invite a pasar, pero ella se limita a asentir con la cabeza.

- No, Rosetta. Verás, me sentiría más cómodo si lo dijeras.

Me mira como si fuera un bicho raro, pero al final lo dice. Al entrar, me doy cuenta de que este no es solo su lugar de trabajo: es su hogar, o, al menos, lo más parecido que tiene a uno. Lo cual me recuerda que tengo que preguntarle algo:

- ¿Por qué haces la ronda tan cerca de aquí? No creerás todas esas historias de vampiros acechando en la noche, ¿verdad?

- ¡Claro que no! ¡Qué tontería! Eso solo lo dicen para asustarnos. Ya soy mayorcita para creerme cuentos de fantasmas.

Eso es un alivio. La chica se gira un momento y luego me conduce hasta la cama:

- Espérame aquí un momento. Voy a mirarme esta herida...

Creo que espera que le pregunte quién se la ha hecho, pero yo ya estoy completamente concentrado en mi trabajo. Así que, cuando ella se sienta frente al tocador y se pone a mirarse la frente en el espejo, yo me coloco detrás y me dispongo a...

Un momento.

¿Qué voy a hacer? ¿Morderle el cuello? ¿Empiezo por ahí? No, no, no: es lo que esperan que haga. Tengo que innovar, tengo que...

¿El brazo?

No... Espera... Eh, no, un momento, yo...

Puedo asustarla. Puedo perseguirla por toda la habitación... No, puedo empezar por chuparle la sangre de la herida, y luego...

Luego, yo... Luego...

Mierda.

Joder, podría empezar por... ¿Las piernas? ¿O le rompo el cuello?

No. No, no, no, no, no. ¿Qué coño me pasa? ¿Qué me está pasando? Le tengo aquí, estoy aquí y... No puedo. No sé qué hacer. Tengo el lienzo, pero estoy... Estoy...

Bloqueado. Estoy bloqueado. Ella se mira en el espejo y no me ve aquí, detrás de ella, con las manos alrededor de su cuello y parado, sin saber qué hacer, buscando una pista, acordándome de Guido, del cabrón de Guido y de su maldito terror a la página en blanco. Mierda. Soy como él. Soy como él.

jueves, agosto 17, 2006

The Filthy Life (2)

Dos noches después de superar mi experiencia cercana a la muerte (a la muerte de verdad, me refiero), a Drusilla se le ocurrió que la única cosa en el mundo que podría animarme sería atacar a una familia en plena noche. Pensó que la emoción de la caza volvería a recordarme quién era. Por supuesto, tenía razón.

Así que allí estábamos los dos, corriendo a oscuras por el jardín de una villa romana, irrumpiendo en la caseta del guarda y cortándole la yugular antes de que pudiera hacer ningún movimiento. Confieso que me costó un poco dar el primer paso (maldita sea, había pasado por un jodido infierno la última vez), pero Dru insistió. No lo decía como señal de cortesía ni como un favor hacia mí: lo decía en serio. Allí, de pie, tapando la boca del guardia agonizante con su mano derecha y retorciéndole el brazo con la izquierda, Drusilla me estaba obligando a beber primero.

Y menos mal que lo hice. Todos mis miedos se esfumaron en el momento en que mordí el cuello de aquel tío, en el preciso momento en que mis labios volvieron a entrar en contacto con la sangre. Es toda esa mierda de las cascadas de placer, el éxtasis y los cielos teñidos de rojo. Es todo eso, pero mejor.

Le habría dejado seco, pero Drusilla insistió en que habíamos venido a por una familia y, por tanto, no debíamos malgastar tiempo con el guarda. Antes de que saliera por la caseta, la agarré por el brazo y la estreché contra mí: maldita sea, me sentía tan bien... Nos besamos allí, a la luz de la luna, con el guarda aún vivo retorciéndose de dolor y su sangre cayendo por nuestros labios.

Ah, era bueno estar de vuelta...

La villa era casi un palacio: dos pisos, un jardín enorme, buena iluminación... La seguridad no era impresionante, pero, por lo demás, esto era todo un desafío. Dru y yo nos paramos frente a la entrada y pensamos el plan de ataque:

- Tu qué opinas, amor: ¿servicio o niño?

- Déjame hablar con el niño, Spike. Déjame convencerle de que nos abra la ventana, y luego le cantaré una nana mientras tú mutilas a sus padres.

No parecía mal plan, pero fallaba algo fundamental:

- Dru, ¿estás segura de que esta gente tiene hijos?

Lo suponía.

El servicio estaba terminando de cenar en la cocina: por lo que pude ver a través de la ventana, se trataba de dos sirvientas, un cocinero y un mayordomo. Todos parecían relativamente jóvenes y con buena salud. La cocina también parecía un lugar idóneo para empezar: mal iluminada por una lámpara situada en el centro de la mesa donde el servicio estaba cenando, el sitio estaba lo suficientemente alejado del dormitorio principal como para que los señores no pudieran oír los gritos y, de este modo, no se arruinase el factor sorpresa.

La idea para entrar era un clásico que habíamos ido perfeccionando durante todos estos años: Drusilla se acerca a la ventana cubierta por la sangre del guarda, dice que ella y su marido acaban de tener un accidente horrible, suplica que la dejen entrar y empieza el espectáculo. Me gustaba más entrar por la cocina porque el servicio siempre es más confiado que los amos de la casa: suelen ser buena gente, y eso es lo que nos facilita el trabajo a Dru y a mí.

- Oh, Dio, Maria. Guarda quella signorina!

El mayordomo se levantó y corrió a abrir la puerta. Escondido tras un seto, pienso que esto va a ser más fácil de lo que pensábamos. De hecho, Dru no tuvo oportunidad de practicar el poco italiano que ha aprendido desde que llegamos aquí, porque el mayordomo la invitó a pasar en seguida. En ese momento, entro yo en el papel de marido herido que acaba de salir de su coche accidentado y pide por favor que le dejen pasar con su mujer. Sé que estaréis pensando que sería más fácil que entrásemos los dos a la vez, pero la experiencia nos confirma que la gente no está muy dispuesta a invitar a pasar a dos personas a la vez. Además, esta es nuestra jodida táctica: si no os gusta, proponed otra.

El resto ya lo conocéis: sangre, muerte y confusión. No recuerdo muy bien el orden en que nos empezamos a alimentar de esta gente, pero sé que yo estaba terminando de torturar a una de las criadas cuando entró ella. Ahora que lo pienso, aquel fue el momento preciso en que empezaron nuestros problemas.

Lo que más me sorprendió de la condesa Cristina Como es que no gritó cuando abrió la puerta de su cocina y se encontró a dos criaturas de la noche asesinando a todo su personal de servicio. En lugar de eso, se quedó parada, en blanco, absolutamente petrificada. No puedo decir a ciencia cierta si lo que se leía en sus ojos era miedo. El hecho es que allí estaba ella, en camisón, contemplando la pesadilla en la que se había transformado su cocina, incapaz de moverse ni de pedir auxilio.

En otras palabras: una presa fácil.

Dejé a la criada en el suelo, me incorporé y me lancé sobre ella lanzando mi mejor rugido. Aún no sé que pudo salir mal: tenía el rugido, tenía mi cara de demonio y tenía la jodida sangre de su doncella cayéndome por los labios. Estaba a un paso de destrozarle la garganta, y entonces fue cuando la condesa empezó a hablar:

- Esto... esto es... es... Fascinante.

Confieso que el que se frenó en seco entonces fui yo. La condesa ni siquiera me había dirigido la mirada: aún seguía con los ojos puestos en el charco de sangre del centro de la habitación. Sabía que no debía quedarme ahí parado, pero la señora había dicho que era fascinante. Fascinante.

- ¿De qué demonios está hablando? – fue lo único que se me ocurrió decirle.

La condesa me hizo un gesto con la mano, un sin mirarme. Comenzó a andar hacia Drusilla, aún con la mirada perdida en los pequeños detalles de la cocina, y entonces empezó a esbozar algo muy parecido a una sonrisa.

- La disposición de los elementos, la furia, los colores vivos, el horror descarnado... Es sencillamente fascinante. Esto es... bello, sí es horriblemente bello -. La condesa entonces se giró y, por primera vez desde que había aparecido, se dirigió a Drusilla y a mí: - Chicos, ¿conocéis a Francis Bacon?

Dru se acercó a mí me cogió del hombro: no puedo decirlo a ciencia cierta, pero creo que estaba asustada. De hecho, nunca habíamos visto nada parecido. Yo quería reaccionar, pero mis piernas no me respondían y mi cabeza seguía repitiendo el mismo pensamiento: ¿¡Por qué cojones no intenta huir!?

Ella siguió hablando, sin dejar de mirar las manchas de sangre que decoraban las paredes:

- Sí, le habéis dado una nueva dimensión a Bacon: su dolor ha salido del lienzo. Es como una visión de El Bosco, es como... Oh, Dios, nunca había visto nada parecido. Es atrevido, original, radical. Sí... Ya veréis cuando se lo diga a Marcello: esto es lo que estaba buscando. Es el próximo paso.

La condesa se volvió a dirigir a nosotros:

- ¿Cuánto queréis?

Las alarmas dejaron de sonar en mi cabeza. Ahora todo había dejado de tener sentido:

- Perdone, señora, creo que no ha entendido la situación que tiene en su cocina...

- Oh, sí, caro, la he entendido perfectamente. Sai, aquí no somos como esos estirados académicos británicos. Aquí entendemos la innovación, la trasgresión. Sé que os habrán rechazado millones de galerías, pero esta... demostración inesperada que habéis hecho en mi casa os va a llevar a lo más alto. ¿Cuánto queréis por esto? ¿Dos millones de liras? ¿Más? Pedid lo que queráis, queridos, es vuestro.

Los únicos sonidos que podía emitir en ese momento eran monosílabos sin sentido. Drusilla no dejaba de mirarme:

- Spike, ¿por qué no la matamos? La habitación se llena de sangre, la oscuridad se cierne a nuestro alrededor. ¿Por qué no la matamos?

Entonces fue cuando di un paso al frente y le hice la única pregunta que podía hacerle en medio de aquella maldita locura sin sentido:

- Señora, yo... Creo que no lo he entendido bien. ¿Pretende pagarnos... por haber matado a su personal de servicio?

Apoyada en el fregadero donde descansaba la cabeza del mayordomo, la condesa se rió a carcajadas.

- Ah, veo que eres humilde, giovanotto. Bien, tú puedes llamarlo como quieras, pero déjame que os diga una cosa a tu compañera y a ti: esto que hacéis es arte. Es el arte del siglo XX. Puede que al principio no os comprendan, pero os aseguro que vais a hacer historia. Este es el próximo paso en la Historia del Arte, y nosotros tres lo estamos dando en este preciso instante. Así que, ¿me vais a decir ya por cuánto os extiendo el cheque para que podamos ir al salón y discutir de una vez las condiciones del contrato?

Y así fue como Drusilla y yo nos convertimos en la última sensación cultural de la noche romana.

domingo, agosto 06, 2006

The Filthy Life (1)

- Davvero? ¿Ajo? ¡No digas tonterías, William! ¡Eso no tiene nada que ver! El ajo no influye en la calidad de la sangre: ¡era agua bendita!

- Un momento, me estás diciendo que...

- Se nota que eres nuevo en Roma, William. No es la primera vez que pasa esto, sai? Las prostitutas están acostumbradas, así que entran en las iglesias, llenan una botella de agua bendita y se la beben. Lo llevan haciendo desde hace más de diez años: parece que eso impide que las ataquen. ¡Y tú, William, te la comiste a pesar de todo!

Los demás ríen a carcajadas, lo cual me dice que han estado escuchando toda la conversación. Marcello le pega un trago a su martini con la sonrisa de satisfacción que pone cuando consigue ser el alma de la fiesta, algo que ocurre muy a menudo. Miro a mi alrededor y veo al camarero preguntándome con los ojos si quiero otra copa, así que apuro lo poco que me queda de la que tengo en la mano y se la entrego para que me la rellene. Aún no me he atrevido a preguntar qué es exactamente lo que lleva, pero creo que el ingrediente secreto es nutria.

- ¿No os parece terriblemente irónico? – pregunta la condesa mientras mira distraída a la pista de baile-. Prostitutas llenas de agua bendita. Es tan...

- Sí, entiendo lo que dices, querida – responde Michael-. Pero, al fin y al cabo, ¡esto es Roma! Vosotros deberías estar acostumbrados.

Estamos en un reservado del Valeska, uno de los locales de moda de la Via Veneto. Según Claudia, conseguir un reservado aquí es tan difícil como que el Papa le conceda una audiencia privada a nuestro Michael James, que en estos momentos se encuentra inspeccionándole el escote mientras le pasa la mano por el cuello. Tengo la sensación de que, en prinicpio, ese comentario iba dirigido a Dru y a mí, pero siento que Claudia nos tiene miedo. Aunque, claro, nunca se atrevería a admitirlo delante de los demás.

El camarero me trae otra copa. Le doy las gracias, me giro y miro al piso de abajo, a la pista de baile. Una chica rubia está bailando swing como si no hubiera un mañana: por sus botas y su vestido deduzco que no es de aquí. A su lado, un americano algo afeminado, con pelo largo y gafas de sol, intenta seguir el ritmo de forma bastante lánguida. No hace falta ser el maldito Sherlock Holmes para darse cuenta de que él es uno de nosotros: reconicería su olor a kilómetros de distancia. Me pregunto si la rubia lo sabrá...

Dru me pasa la mano por la espalda y me empieza a besar el cuello. Pasamos así un par de minutos, hasta que ella se gira hacia el resto y les dice:

- Spike, cuéntales el sueño que tuviste ayer...

Mierda.

Les digo que no importa, que es una tontería. Marcello insiste:

- Venga, William, cuéntalo. Qué raro, creía que vosotros...

- Sí, nosotros sí soñamos – dice Dru -. Claro que soñamos. Estamos llenos de sueños... pero no todos son agradables, oh, no lo son.

El americano afeminado me está mirando. Genial, se ha dado cuenta. ¿Y dónde está la rubia?

Claudia aparta por un momento las manos de Michael de su escote y agarra la botella de champán:

- Yo tuve un sueño muy extraño anoche. Dios, me dio tanto miedo...

- Entonces fue una pesadilla, querida... – le corrige Michael, mientras la empuja de nuevo hacia el sofá y se vuelve a tirar encima de ella.

- Bueno, sí. Era tan raro... Todo era tan...

- Oh, deja de crear expectación y cuéntalo de una vez – se queja Guido, buscándose el mechero en los bolsillos de su traje.

Antes de seguir, me gustaría contaros un par de cosas acerca de Claudia. Para empezar, hace sólo dos meses que llegó a Roma (no me pidáis que os diga el nombre de su pueblo: los pueblos italianos son jodidamente imposibles de recordar), pero ya se comporta como si llevara toda su vida en estos locales de moda. De todas maneras, aún conserva ese narcótico temor pueblerino que Dru y yo tan bien conocemos: puedes sacar a la chica de... como-se-llame, pero no puedes sacar a como-se-llame de la chica.

Es muy fácil entender por qué la aceptaron tan pronto en este grupo de decadentes artistas, aristócratas y millonarios con el que ahora nos juntamos Dru y yo: Claudia es un bombón. Tiene esa eful... no, esa belleza animal que hace que un hombre perdiera la cabeza casi sin darse cuenta. Maldita sea, Guido ya la ha perdido. En otras circunstancias, ya habría limpiado mis colmillos con sus huesos. En otras circunstancias...

- Bueno, yo... Soñé que estábamos todos atrapados en una habitación blanca, vacía, sin nada alrededor. Toda la habitación desprendía una luz que me cegaba, así que tenía que ponerme las manos delante de los ojos para poder ver algo. Guido, tú estabas allí.

Guido sonríe tímidamente cuando Claudia le señala, y, de repente, se le olvida que estaba buscando su mechero. Dejadme que os describa a Guido Anselmi en una palabra: el tío es un jodido paranoico. En serio, parece que su cabeza está a punto de estallar. No para de hablar de su bloqueo creativo, de que es incapaz de amar y de echarle la culpa a todas las mujeres que ha conocido. Alguna vez le he tenido que decir que no le vendría mal una temporada en un balneario, a ser posible muy lejos de aquí. Creo que es una especie de director de cine: ahora mismo está haciendo una película de ciencia-ficción con Claudia. Por supuesto, odia el maldito proyecto y no para de poner verde a su productor. Si os digo la verdad, creo que la única razón por la que aceptó dirigirla está sentada frente a mí, contando su jodido sueño.

- De repente, nos dimos cuenta de que había algo en el centro de la habitación. Era un animal marino muerto, pero era tan... raro. Nunca había visto nada así.

No hace falta ser un maldito genio para darse cuenta de que Guido desea la muerte de Michael, el tipo que ahora mismo le está pasando a Claudia la mano por debajo del asiento. Lo cierto es que a mí no me importaría echarle una mano un día de estos.


Michael es, junto con Dru y conmigo, la razón por la que nuestros amigos italianos hablan siempre en inglés cuando están con nosotros, aunque no creáis que me gusta sólo porque hayamos nacido en el mismo maldito país. Odio su elegancia y su pode de mujeriego: esta es la clase de gente de la que tiendo a huir. Pero aquí... Joder, no sé lo que me pasa.

- Oh, Claudia, es todo un símbolo de la pureza y la inocencia. Ese sueño parece una película de nuestro Guido. ¿No es así, caro?

La que ha hecho el último comentario es la condesa Cristina Como, una aristócrata decadente que sueña con abrir una escuela de modelos. O algo así. A veces pienso que es la que mejor me cae de todos: puedo oler la maldad en ella. En serio. Creo que esta mujer tiene mucho que ofrecer si se pasa a nuestro bando, pero Dru no quiere ni oír hablar de un apadrinamiento en estos momentos.

- Es extraño, Cristina, pero yo una vez vi algo parecido. Fue una madrugada... No recuerdo bien lo que era, pero causó una gran impresión en mí. Creo. Bueno, en todo caso, ¿qué importa? Los sueños son sólo sueños, ¿no? Chè me ne frega?

Marcello. Luego está Marcello Rubini.

Si he de ser sincero, no sé muy bien cómo tomarme a este bastardo. Creo que lleva en esta espiral de fiestas, drogas, lujo y decadencia desde antes que nadie, puede que incluso desde antes que la condesa. Creo que solía ser un columnista de rumores o algo así, pero ahora se dedica a publicar cada cierto tiempo libros de crónicas urbanas. Básicamente, le pagan por contar sus desenfrenos nocturnos, cambiando algún que otro nombre y exagerando los hechos cuando considera oportuno. Hay algo en él que no logro entender, no sé, es como un jodido misterio. Creo que es el único mortal al que no he podido olerle alma. De hecho, a veces tengo la sensación de que tiene tan poca como Dru y como yo, pero a él no parece importarle. De hecho, a él no parece importarle nada en absoluto.

Marcello acaba su copa, se mete otra raya de cocaína y pide permiso para ir al baño. Mientras, Michael ha dado un paso más en sus coqueteos con Claudia, que ya empieza a gemir tímidamente de placer. La condesa intenta distraer a Guido, pero él no le quita ojo a la parejita. Menuda estampa formamos todos juntos: somos como una maldita familia feliz.

Le digo a Dru que salgamos a tomar el aire, pero ella parece estar ensimismada con la canción que la banda está tocando ahora mismo, así que le digo que me voy solo. No hay reacción. A veces, cuando se queda mirando fijamente a cosas insignificantes (la luna, un libro abierto por la mitad, la sangre brotando por el cuello de un quinceañero, una maldita banda de swing), me pregunto en qué estará pensando. Seguramente no importe demasiado: al fin y al cabo, una de las razones por las que me vuelve loco es que es un misterio.

Les hago a todos un gesto como de Salgo fuera, ahora vengo y bajo las escaleras. En la pista de baile, estoy a punto de chocarme con una pareja medio borracha que por poco me empuja hacia la zona de la orquesta: definitivamente, los italianos no saben beber. Salgo por la puerta de atrás, a un pequeño callejón donde poder estar solo un momento.

Una vez allí, me enciendo un cigarrillo y miro hacia la izquierda. Allí está, el americano de pelo largo comiéndose a un gato callejero. Al verme, tira al suelo el gato (que aún continúa maullando) y se seca la sangre de los labios con la manga de su chaqueta negra. Me pregunto dónde habrán ido la chica y las gafas de sol.

- Ey, no te preocupes por mí -le digo-. Ya lo he visto antes. Déjame adivinar: ¿gitanos?

- ¿Cómo dices?

- Gitanos. Te maldijeron, ¿verdad? Te devuelvo tu alma, un momento de felicidad y todo eso. Sabes, yo conocía a un tío (seguro que has oído hablar de él), conocía un tío que...

- No sé de qué me hablas, amigo. Yo no tengo alma, y tú lo sabes. Ambos somos criaturas de la noche, seres condenados. Estamos solos, vagando por la oscuridad, sin otra compañía que nuestra propia sombra, ya que nos fue arrebatado hasta nuestro reflejo en el espejo.

Vaya, el cabrón es un maldito poeta. Ahora entiendo esa pinta de afeminado.

- Eeeh, sí, claro, como quieras. Criatura de la noche, ¿eh? ¿Entonces qué haces comiéndote a un maldito gato, amigo?

El tipo comienza a caminar hacia mí.

- Bueno, supongo que es una elección personal. ¿Me permites otra pregunta, amigo?

- Claro.

- ¿Por qué no te comes tú a esos humanos con los que compartías la mesa? -me dice, clavando sus ojos en mi cara.

- ¿De qué demonios estás hablando, niñita? Yo no soy el que va por ahí arrebatando almas menores. Sabes, estás hablando con el jodido William el Sanguinario.

El americano me tiende la mano:

- Encantado, yo soy Louis de Pointe du Lac. Permite que te de un consejo, William.

- Spike. Es Spike.

- Como quieras, Spike. No te acerques a esos mortales. Son artistas. Los artistas no traen nada bueno, amigo. No son de fiar.

Antes de que entre por la puerta trasera del local, le doy una última calada al cigarro. Justo cuando me da la espalda, hago que se vuelva de nuevo:

- Es curioso que digas eso, Louis. Verás... Ahora, yo también soy un artista.

viernes, agosto 04, 2006

The Filthy Life (Prólogo)

Tres cosas que todo el mundo debería saber sobre los italianos:

1. Su manera de hablar inglés es jodidamente curiosa. Por ejemplo, no saben pronunciar las haches y casi suspiran las eses. Si a eso le sumamos el hecho de que casi todos con los que he hablado hasta ahora estaban bastante borrachos, me está resultando difícil entenderles una mierda.

2. Conducen como malditas cabras locas. Lo cual no es necesariamente un problema.

3. Comen demasiado ajo, en todas las comidas, a todas horas. Lo cual sí es necesariamente un problema.

Dejad que os explique un poco el punto número 3: casi todas las variedades de pasta que sirven aquí en Roma llevan ajo. Tagliatelle, tortellini, penne y todos esos estúpidos nombres que tienes que pedir en los restaurantes. El hecho de que esta gente base su dieta en la pasta significa que hay una buena probabilidad de que uno de cada tres romanos que pasean una noche por la strada (calle, perdón, calle) lleve una importante cantidad de ajo en la sangre. La puta que me comí el otro día, por ejemplo, parecía que se había cenado veinte cabezas antes de salir a hacer su ronda. En serio.

Creedme cuando os digo que estuve a punto de morir. Joder, nunca había sentido que me llegaba la hora de esa manera, ni siquiera aquella vez en Praga. ¿Sabéis lo que es sentir que te arde el estómago? ¿Sabéis lo que se siente al tener que vomitar como una maldita larva cada quince minutos? ¿Sabéis lo que es llegar a plantearte el suicidio como única salida posible al mundo de dolor y mierda en el que te acabas de meter? Por supuesto, leí el nombre de la puta en su carnet de identidad y desmembré a toda su familia, pero no creáis que eso ayudó. Para nada. La estaca era la única solución posible. Joder, estaba en un buen lío.

Dru. Ella me salvó.

Bueno, no me salvó gracias a sus cuidados médicos (de hecho, parecía que disfrutaba con mi sufrimiento), pero me salvó su mirada. Su olor. Sus labios. La misma pasión desatada que me invadió el día que la conocí en aquel callejón, el día que me dio la vida. Dru miraba a la luna y decía: Va ha haber sangre muy pronto, pequeño Spike. No puedes marcharte aún. Y yo, por supuesto, no podía marcharme.

Pero ahora estoy bien. En serio. Estoy completamente recuperado, disfrutando de los placeres de la dulce vida romana en este año de Nuestro Señor de 1963. Dru tenía razón: va ha haber sangre. Lo que significa que, en el futuro, pienso ser más cauteloso.