What if... el mundo al revés?

domingo, agosto 06, 2006

The Filthy Life (1)

- Davvero? ¿Ajo? ¡No digas tonterías, William! ¡Eso no tiene nada que ver! El ajo no influye en la calidad de la sangre: ¡era agua bendita!

- Un momento, me estás diciendo que...

- Se nota que eres nuevo en Roma, William. No es la primera vez que pasa esto, sai? Las prostitutas están acostumbradas, así que entran en las iglesias, llenan una botella de agua bendita y se la beben. Lo llevan haciendo desde hace más de diez años: parece que eso impide que las ataquen. ¡Y tú, William, te la comiste a pesar de todo!

Los demás ríen a carcajadas, lo cual me dice que han estado escuchando toda la conversación. Marcello le pega un trago a su martini con la sonrisa de satisfacción que pone cuando consigue ser el alma de la fiesta, algo que ocurre muy a menudo. Miro a mi alrededor y veo al camarero preguntándome con los ojos si quiero otra copa, así que apuro lo poco que me queda de la que tengo en la mano y se la entrego para que me la rellene. Aún no me he atrevido a preguntar qué es exactamente lo que lleva, pero creo que el ingrediente secreto es nutria.

- ¿No os parece terriblemente irónico? – pregunta la condesa mientras mira distraída a la pista de baile-. Prostitutas llenas de agua bendita. Es tan...

- Sí, entiendo lo que dices, querida – responde Michael-. Pero, al fin y al cabo, ¡esto es Roma! Vosotros deberías estar acostumbrados.

Estamos en un reservado del Valeska, uno de los locales de moda de la Via Veneto. Según Claudia, conseguir un reservado aquí es tan difícil como que el Papa le conceda una audiencia privada a nuestro Michael James, que en estos momentos se encuentra inspeccionándole el escote mientras le pasa la mano por el cuello. Tengo la sensación de que, en prinicpio, ese comentario iba dirigido a Dru y a mí, pero siento que Claudia nos tiene miedo. Aunque, claro, nunca se atrevería a admitirlo delante de los demás.

El camarero me trae otra copa. Le doy las gracias, me giro y miro al piso de abajo, a la pista de baile. Una chica rubia está bailando swing como si no hubiera un mañana: por sus botas y su vestido deduzco que no es de aquí. A su lado, un americano algo afeminado, con pelo largo y gafas de sol, intenta seguir el ritmo de forma bastante lánguida. No hace falta ser el maldito Sherlock Holmes para darse cuenta de que él es uno de nosotros: reconicería su olor a kilómetros de distancia. Me pregunto si la rubia lo sabrá...

Dru me pasa la mano por la espalda y me empieza a besar el cuello. Pasamos así un par de minutos, hasta que ella se gira hacia el resto y les dice:

- Spike, cuéntales el sueño que tuviste ayer...

Mierda.

Les digo que no importa, que es una tontería. Marcello insiste:

- Venga, William, cuéntalo. Qué raro, creía que vosotros...

- Sí, nosotros sí soñamos – dice Dru -. Claro que soñamos. Estamos llenos de sueños... pero no todos son agradables, oh, no lo son.

El americano afeminado me está mirando. Genial, se ha dado cuenta. ¿Y dónde está la rubia?

Claudia aparta por un momento las manos de Michael de su escote y agarra la botella de champán:

- Yo tuve un sueño muy extraño anoche. Dios, me dio tanto miedo...

- Entonces fue una pesadilla, querida... – le corrige Michael, mientras la empuja de nuevo hacia el sofá y se vuelve a tirar encima de ella.

- Bueno, sí. Era tan raro... Todo era tan...

- Oh, deja de crear expectación y cuéntalo de una vez – se queja Guido, buscándose el mechero en los bolsillos de su traje.

Antes de seguir, me gustaría contaros un par de cosas acerca de Claudia. Para empezar, hace sólo dos meses que llegó a Roma (no me pidáis que os diga el nombre de su pueblo: los pueblos italianos son jodidamente imposibles de recordar), pero ya se comporta como si llevara toda su vida en estos locales de moda. De todas maneras, aún conserva ese narcótico temor pueblerino que Dru y yo tan bien conocemos: puedes sacar a la chica de... como-se-llame, pero no puedes sacar a como-se-llame de la chica.

Es muy fácil entender por qué la aceptaron tan pronto en este grupo de decadentes artistas, aristócratas y millonarios con el que ahora nos juntamos Dru y yo: Claudia es un bombón. Tiene esa eful... no, esa belleza animal que hace que un hombre perdiera la cabeza casi sin darse cuenta. Maldita sea, Guido ya la ha perdido. En otras circunstancias, ya habría limpiado mis colmillos con sus huesos. En otras circunstancias...

- Bueno, yo... Soñé que estábamos todos atrapados en una habitación blanca, vacía, sin nada alrededor. Toda la habitación desprendía una luz que me cegaba, así que tenía que ponerme las manos delante de los ojos para poder ver algo. Guido, tú estabas allí.

Guido sonríe tímidamente cuando Claudia le señala, y, de repente, se le olvida que estaba buscando su mechero. Dejadme que os describa a Guido Anselmi en una palabra: el tío es un jodido paranoico. En serio, parece que su cabeza está a punto de estallar. No para de hablar de su bloqueo creativo, de que es incapaz de amar y de echarle la culpa a todas las mujeres que ha conocido. Alguna vez le he tenido que decir que no le vendría mal una temporada en un balneario, a ser posible muy lejos de aquí. Creo que es una especie de director de cine: ahora mismo está haciendo una película de ciencia-ficción con Claudia. Por supuesto, odia el maldito proyecto y no para de poner verde a su productor. Si os digo la verdad, creo que la única razón por la que aceptó dirigirla está sentada frente a mí, contando su jodido sueño.

- De repente, nos dimos cuenta de que había algo en el centro de la habitación. Era un animal marino muerto, pero era tan... raro. Nunca había visto nada así.

No hace falta ser un maldito genio para darse cuenta de que Guido desea la muerte de Michael, el tipo que ahora mismo le está pasando a Claudia la mano por debajo del asiento. Lo cierto es que a mí no me importaría echarle una mano un día de estos.


Michael es, junto con Dru y conmigo, la razón por la que nuestros amigos italianos hablan siempre en inglés cuando están con nosotros, aunque no creáis que me gusta sólo porque hayamos nacido en el mismo maldito país. Odio su elegancia y su pode de mujeriego: esta es la clase de gente de la que tiendo a huir. Pero aquí... Joder, no sé lo que me pasa.

- Oh, Claudia, es todo un símbolo de la pureza y la inocencia. Ese sueño parece una película de nuestro Guido. ¿No es así, caro?

La que ha hecho el último comentario es la condesa Cristina Como, una aristócrata decadente que sueña con abrir una escuela de modelos. O algo así. A veces pienso que es la que mejor me cae de todos: puedo oler la maldad en ella. En serio. Creo que esta mujer tiene mucho que ofrecer si se pasa a nuestro bando, pero Dru no quiere ni oír hablar de un apadrinamiento en estos momentos.

- Es extraño, Cristina, pero yo una vez vi algo parecido. Fue una madrugada... No recuerdo bien lo que era, pero causó una gran impresión en mí. Creo. Bueno, en todo caso, ¿qué importa? Los sueños son sólo sueños, ¿no? Chè me ne frega?

Marcello. Luego está Marcello Rubini.

Si he de ser sincero, no sé muy bien cómo tomarme a este bastardo. Creo que lleva en esta espiral de fiestas, drogas, lujo y decadencia desde antes que nadie, puede que incluso desde antes que la condesa. Creo que solía ser un columnista de rumores o algo así, pero ahora se dedica a publicar cada cierto tiempo libros de crónicas urbanas. Básicamente, le pagan por contar sus desenfrenos nocturnos, cambiando algún que otro nombre y exagerando los hechos cuando considera oportuno. Hay algo en él que no logro entender, no sé, es como un jodido misterio. Creo que es el único mortal al que no he podido olerle alma. De hecho, a veces tengo la sensación de que tiene tan poca como Dru y como yo, pero a él no parece importarle. De hecho, a él no parece importarle nada en absoluto.

Marcello acaba su copa, se mete otra raya de cocaína y pide permiso para ir al baño. Mientras, Michael ha dado un paso más en sus coqueteos con Claudia, que ya empieza a gemir tímidamente de placer. La condesa intenta distraer a Guido, pero él no le quita ojo a la parejita. Menuda estampa formamos todos juntos: somos como una maldita familia feliz.

Le digo a Dru que salgamos a tomar el aire, pero ella parece estar ensimismada con la canción que la banda está tocando ahora mismo, así que le digo que me voy solo. No hay reacción. A veces, cuando se queda mirando fijamente a cosas insignificantes (la luna, un libro abierto por la mitad, la sangre brotando por el cuello de un quinceañero, una maldita banda de swing), me pregunto en qué estará pensando. Seguramente no importe demasiado: al fin y al cabo, una de las razones por las que me vuelve loco es que es un misterio.

Les hago a todos un gesto como de Salgo fuera, ahora vengo y bajo las escaleras. En la pista de baile, estoy a punto de chocarme con una pareja medio borracha que por poco me empuja hacia la zona de la orquesta: definitivamente, los italianos no saben beber. Salgo por la puerta de atrás, a un pequeño callejón donde poder estar solo un momento.

Una vez allí, me enciendo un cigarrillo y miro hacia la izquierda. Allí está, el americano de pelo largo comiéndose a un gato callejero. Al verme, tira al suelo el gato (que aún continúa maullando) y se seca la sangre de los labios con la manga de su chaqueta negra. Me pregunto dónde habrán ido la chica y las gafas de sol.

- Ey, no te preocupes por mí -le digo-. Ya lo he visto antes. Déjame adivinar: ¿gitanos?

- ¿Cómo dices?

- Gitanos. Te maldijeron, ¿verdad? Te devuelvo tu alma, un momento de felicidad y todo eso. Sabes, yo conocía a un tío (seguro que has oído hablar de él), conocía un tío que...

- No sé de qué me hablas, amigo. Yo no tengo alma, y tú lo sabes. Ambos somos criaturas de la noche, seres condenados. Estamos solos, vagando por la oscuridad, sin otra compañía que nuestra propia sombra, ya que nos fue arrebatado hasta nuestro reflejo en el espejo.

Vaya, el cabrón es un maldito poeta. Ahora entiendo esa pinta de afeminado.

- Eeeh, sí, claro, como quieras. Criatura de la noche, ¿eh? ¿Entonces qué haces comiéndote a un maldito gato, amigo?

El tipo comienza a caminar hacia mí.

- Bueno, supongo que es una elección personal. ¿Me permites otra pregunta, amigo?

- Claro.

- ¿Por qué no te comes tú a esos humanos con los que compartías la mesa? -me dice, clavando sus ojos en mi cara.

- ¿De qué demonios estás hablando, niñita? Yo no soy el que va por ahí arrebatando almas menores. Sabes, estás hablando con el jodido William el Sanguinario.

El americano me tiende la mano:

- Encantado, yo soy Louis de Pointe du Lac. Permite que te de un consejo, William.

- Spike. Es Spike.

- Como quieras, Spike. No te acerques a esos mortales. Son artistas. Los artistas no traen nada bueno, amigo. No son de fiar.

Antes de que entre por la puerta trasera del local, le doy una última calada al cigarro. Justo cuando me da la espalda, hago que se vuelva de nuevo:

- Es curioso que digas eso, Louis. Verás... Ahora, yo también soy un artista.

3 Comments:

At 5:15 p. m., Blogger Alvy Singer said...

Me ha dejado sin palabras. Sin palabras. ¿Va a tardar mucho en continuar? Espero que no.

 
At 10:47 p. m., Anonymous Noel said...

Muchas gracias!

El siguiente capítulo me está costando más de lo que pensaba, pero debería estar listo para mediados de la semana que viene. Espero.

 
At 1:35 a. m., Anonymous Anónimo said...

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