What if... el mundo al revés?

lunes, septiembre 18, 2006

The Filthy Life (6)

Claudia está sentada en un banco de piedra, frente a la entrada al jardín-laberinto que la condesa y su marido hicieron construir cuando adquirieron la villa. Detrás, en la mansión, todo el mundo se prepara para el gran discurso inaugural. Aquí, en cambio, solo estamos Claudia, yo y una gran luna llena que muy pronto se va a teñir de rojo.

Es un auténtico placer haber recuperado mi instinto asesino: por primera vez en semanas, estoy delante de una chica a la que solo quiero morder. Ni bloqueos ni estupideces: el viejo arte de morder su cuello y dejar que su sangre baje por mi garganta. No obstante, no puedo hacerlo así como así: me gusta jugar un poco con ella antes de que suceda lo inevitable, sobre todo porque nuestra Claudia parece no tener la más mínima idea lo que se la viene encima.

- No sé dónde está Michael – me dice ella -. Le perdí de vista hará unos diez minutos, en la cocina. Sabes, ha sido raro: estando con él... he pensado en Guido. ¿Qué crees que significa eso?

Yo estoy de pie, frente a ella, fumando y trazando mi plan. ¿Quién va después? ¿Michael? ¿La condesa? ¿Marcello? ¿Los quiero matar en ese orden? Dios, hay tantas posibilidades, tantas maneras de acabar con esto de una maldita vez... Nada en el mundo me va a hacer tan feliz que mirar sus caras de incomprensión mientras alguien a quien consideraban su amigo acaba con sus patéticas vidas.

Ella sigue hablando:

- Me he ido de la fiesta: no soportaba a todos esos ricos decadentes, tan borrachos que casi no pueden ni andar. Me he venido aquí porque me encanta este sitio. En el parque de mi pueblo teníamos un laberinto así. Sé qué es estúpido, pero me recuerda a mi infancia. Aunque tampoco puedo dejar de pensar en Guido. ¿Crees que es...?

Me acabo el cigarro y me dirijo a ella, mirándola fijamente a los ojos:

- Creo que es hora de que te dejes de lamentar por ese perdedor al que le jodiste la vida, maldita zorra.

Y entonces muto, muy rápido, si sin que le de tiempo a pensar en lo que he dicho, y me abalanzo sobre ella. Puedo oler su miedo, aquí, en este banco de piedra, bajo la luz de la luna. Está aterrorizada, y también huelo... ¿¿Deseo??

- Spike, un momento, espera un momento.

Estamos tumbados en el banco, yo encima de ella, esperando a clavar mis colmillos en su yugular. Tengo curiosidad por escuchar sus últimas palabras, así que le digo que adelante.

- Quería pedirte esto desde que te conocí. Bueno, a ti y a Drusilla: pensé que hacíais esto juntos. ¿No lo hacéis juntos?

- ¿A qué te refieres, Claudia? – le pregunto, un poco harto de su cháchara.

- A mi bautismo. A mi transformación. ¿A qué va a ser? Soy actriz, ¿sabes? No es ningún secreto que quiero ser eternamente joven. Dios, casi lo NECESITO. Solo quiero que me prometas una cosa, ¿vale? Solo una cosa.

- Claudia, creo que no estás entendiendo esta situación – le explico, sin poder contenerme una risa nerviosa-. Voy a matarte. Estoy apunto de morderte el cuello y beber tu sangre hasta dejarte completamente seca.

- Claro, sé cómo va – me dice ella -. No soy estúpida, sai? Me he estado informando. Tengo que morir para luego poder volver a vivir, como hicisteis tú y Drusilla.

Vale, la chica lo está complicando todo de una manera tan absurda que casi no tiene sentido.

- Entonces... ¿quieres que te muerda? O sea, ¿no te doy miedo? ¿No te asusta y te repugna ver mi verdadera cara? Joder, ¿es que de verdad deseas que te muerda?

Ella se incorpora, con una cara de felicidad realmente asombrosa.

- Claro que no me das miedo, Spike. Siempre te he aceptado como eres, sin juzgarte. Y claro que quiero que me muerdas. ¡Lo estaba esperando desde que os conocí!

Me siento en el banco, muy lentamente, con la mirada perdida en el laberinto. Ella no me tiene miedo. Da igual que yo no tenga intención de apadrinarla, sino de matarla: no me tiene miedo.

- Mira, tengo una idea – me dice, sin poder contener la emoción -. Yo corro por el laberinto y tú me persigues, ¿vale? Nos juntamos en el centro y me muerdes allí. ¿Qué te parece, Spike? ¿No es una idea genial?

Maldita sea.

Parece que mi trabajo aquí ha terminado, así que me levanto y camino hacia la villa sin mirara atrás: aún me quedan los tres peces gordos, los tres que son lo suficientemente inteligentes como para no querer que les clave las fauces en el cuello, joder. Mientras me alejo, oigo cómo Claudia se adentra en el laberinto y empieza a llamarme con voz melodramática para que la persiga.

Una vez dentro del salón principal, me abro paso hacia la cocina, intentando esquivar la marabunta de invitados. Claudia tenía razón: están todos demasiado borrachos para darse cuenta de que tienen a una criatura de la noche andando entre ellos, sobre todo las aspirantes a modelo. Cerca de donde está tocando la banda de jazz veo a Valentina, supongo que buscándome, intento darme prisa.

Por fin llego hasta la cocina. Michael James está donde Claudia dijo que estaría: coqueteando con la aspirante número 17. Joder, este hombre tiene un verdadero problema: debería ir a un psiquiatra o algo así. Bueno, eso es lo que debería hacer si no fuera morir dentro de dos minutos.

- Oh, Spike – dice cuando me ve entrar-. Ven, quiero presentarte a esta encantadora muchacha...

- Lo siento mucho, guapa, pero tengo que hablar con Michael. A solas.

La chica pone cara de pocos amigos, pero al final se va. Ahora estamos solos él y yo.

- Vaya, has sido un poco duro con la muchacha... Bueno, a mí tampoco me estaba gustando mucho, si te digo la verdad – Michael sonríe -. ¿Qué era lo que querías decirme?

- Bah, no es nada importante. ¿Sabes que aquí, en esta cocina, fue donde Dru y yo hicimos nuestra primera obra?

- Oh, sí – se ríe Michael -. Sí, la condesa me lo dijo. Fue algo glorioso.

- Ya he dejado esta mierda del arte... Y, además, la condesa me dijo que no debería repetirme, pero... Qué demonios, creo que voy a ejecutar mi segunda obra en el mismo lugar que la primera.

Me abalanzo sobre él y le empujo contra la pared. Cuando estoy a punto de morderle el cuello, le oigo gemir. No es un gemido de dolor, sino de placer. Lo siguiente que hace es trocarme.

Tocarme. Y no diré más.

- Spike... Por fin...

Me aparto de él y nos quedamos mirando. Soy yo quien rompe el hielo:

- ¿Estás seguro...?

- ¿Qué? No, yo pensé que tú... O sea, ¿nunca...?

- No. Bueno, sí, pero solo una noche. Era en Praga y...

- Ah, claro, sí, yo tampoco...

- Sí, pero esto no era... O sea, yo no quería...

- Claro, claro: yo tampoco quería.

Silencio incómodo.

- Creo que voy a...

- Sí, claro, yo también tengo que...

- Vale. Entonces, nos vemos en el discurso.

- Sí, claro, en el discurso...

Lo siguiente que hago es salir disparado de la cocina y no volver a recordar los últimos dos minutos jamás en mi vida.

Otra vez en el salón principal, otra vez en la fiesta. Que les jodan a Claudia y a Michael: ellos no tienen la culpa de nada. La condesa... Esa zorra es la que me las tiene que pagar. Así que me encamino hacia las escaleras a toda velocidad, pero alguien me agarra del hombro.

- Per favore, signore... Sarebe così gentile di ascoltare questa domanda?

El que me agarra es un tipo moreno, bastante alto. Lleva un micrófono en la mano y lo apunta hacia mí. Detrás de él hay un equipo de grabación al completo: cámara, micrófono... Le digo que no hablo italiano e intento seguir con mi camino, pero el tío me vuelve a agarrar.

- Bueno, no es problema... – me asegura -. Verá, estoy haciendo un documental y no me vendría mal tener una opinión internacional. Ya he preguntado a muchos italianos... Es solo una pregunta sencilla, por favor, responda mirando a la tellecamera y le prometo que lo dejaré en paz.

Estoy convencido de que el capullo no me dejará marchar hasta que no lo haga, así que le digo que de acuerdo, pero que sea rápido.

- Eh, sí, signore, será rápido. La pregunta es: ¿para usted, qué es el amor?

Miro al tío a los ojos, intentando descubrir si es algún tipo de broma, pero él me indica que mire al objetivo. Al parecer, va en serio.

- Está bien, maldito pesado, le diré lo que es el amor. El amor es llevar 83 jodidos años con una persona, haber vivido con ella una rebelión y dos guerras mundiales, creer que la conoces a la perfección y que luego esa persona te abandone todas las malditas noches para quedarse en casa hablando con un jodido pájaro. Y llamáis a esta cloaca “la ciudad eterna”, “el paraíso de los enamorados”... Y una mierda. Este sitio es peor que la muerte. Créeme, sé de lo que hablo. Este sitio es el Infierno. Ya está, eso es lo que opino del amor y de vuestra puta ciudad de mierda.

Hay una larga pausa. Luego, el tipo me estrecha la mano, casi en éxtasis:

- Meraviglioso, amico, meraviglioso! Toda esa rabia y esa sinceridad... Si le digo la verdad, he estado pensando en cambiar la pregunta: ¿qué le parecería si preguntara sobre el sexo?

- Bueno, usted es el maldito documentalista – le respondo.

- Ah, sí, por cierto: me llamo Pier Paolo. A lo mejor le llamo para que matice un poco sus opiniones, otro día, lejos de estos burgueses. ¿Dónde se aloja?

- No creo que me quede mucho tiempo aquí, amigo.

- Sí, bueno, la verdad es que yo tampoco: el lunes me voy a Israel – el tipo les dice a sus ayudantes que se vayan -. En serio, muchas gracias por sus declaraciones.

Una vez se han marchado a incordiar a otro, termino de subir las escaleras y me dirijo a la galería de arte que la condesa tiene en el segundo piso. No sé por qué, pero sabría que la encontraría aquí.

- ¡Spike, querido! – me llama a gritos desde la otra punta de la habitación -. Perdona que no te esté haciendo mucho caso: llevo toda la noche hablando con el señor Kiaboldi. Está muy interesado en mi colección de máscaras japonesas.

El tal Kiaboldi tiene pinta de ser el típico millonario centroeuropeo de cejas pobladas y trajes elegantes. Me estrecha la mano y noto enseguida que algo no termina de estar bien en este tío. Creo que el también se da cuenta, porque no tarda mucho en decir:

- Bien, señora Como, ahora no tengo más remedio que marcharme. Le comentaré a la señorita Kant, mi ayudante, ese asunto en Ginebra del que hemos hablado.

Tras besarle la mano a la condesa, se despide de mí con una mirada realmente glaciar. Creo que son sus ojos (bueno, y sus cejas) lo que no me acababan de convencer en él. Bueno, da igual: la cuestión es que ahora la condesa y yo ya estamos solos. Ella se gira y me dice:

- ¡Dios, mira que hora es! ¡Tengo que salir a dar mi discurso! Spike, querido, deséame suerte.

Mi cara se transforma en el reflejo de mi incontrolable ira.

- Suerte.

Y luego hacia su cuello... Ya casi siento su cuello, así que, por favor, que no hable. Por favor, que esta no diga nada: sólo tiene que dejarme matarla, sólo tiene que...

- ¡Sí! ¡Claro, exacto! ¡Spike, eres un genio!

No. ¿Por qué tiene que hablar? ¿Por qué no se calla y deja que la mate tranquilo?

- ¡Esto es sencillamente magistral! ¡Muerdes la mano que te da de comer con tu segunda obra! ¿No es genial? ¡Un acto de rebeldía único! Tenías razón, querido: ¡esto va a ser tu obra maestra! ¡El artista mata a su promotora!

Arte, otra vez el arte. No puedo matarla sin que me consideren un maldito artista. No puedo matarla. Así que me doy media vuelta y vuelvo por donde he venido.

- ¡Spike, hazlo ya! ¡Inmortalízame! ¡Conviérteme en arte! ¡Spike!

Bajo las escaleras muy despacio, como si todo fuera a cámara lenta. La fiesta ya está llegando a su momento álgido, pero a mí no me podría importar menos. En lo único que pienso es en matar a Marcello, mi última oportunidad de salir de aquí con un poco de dignidad. Podría acabar con todos los invitados, pero entonces los americanos me ofrecerían un contrato multimillonario y un ático en Nueva York.

Me encuentro a Marcello solo en el umbral de la puerta principal. Está de espaldas a mí, acabándose un cigarro. Detrás de nosotros, el ruido de la fiesta empieza a perder relevancia. De repente, las cosas empiezan a ir todavía mucho más lentas, como si lo único que importase en el mundo fuera esto.

Sin girarse, Marcello pregunta con la voz temblorosa:

- ¿Muerte? ¿Eres tú?

Por un momento, me quedo sin habla. Luego le digo lo primero que se me pasa por la cabeza: que sí.

Marcello se gira, tira el cigarro y me mira a los ojos. Me cuesta bastante creerlo, pero está llorando.

- Al fin... Al fin llegas. Te he estado esperando tanto tiempo... Por favor, llévame contigo. Por favor.

Alzo la cabeza y miro a la luna. Está claro que ya no tengo nada que hacer aquí. Él se me queda mirando mientras paso a su lado, con una mirada perdida y llena de lágrimas que en la que hay algo muy parecido a la esperanza.

- Llévame contigo... Por favor, por favor...

Marcello sigue suplicando mientras me dirijo hacia la puerta principal, ajeno al discurso que la condesa ya ha empezado dentro del palacio. Él sigue de pie en el umbral, pidiéndome que le mate, pero yo no escucho: en lo único que pienso ahora es en alejarme de aquí, de este condenado lugar, de esta humillación, de esta sensación de derrota que experimento por primera vez desde que Dru me transformó. Ahora lo único que tengo que hacer es encontrarla y salir de esta ciudad de una buena vez por todas. Darle la espalda, mientras pueda, a mi asquerosa vida.

lunes, septiembre 04, 2006

The Filthy Life (5)

Valentina guarda el adrenocromo en una pequeña botella de color rojo oscuro. Cuando la veo por primera vez, estamos en uno de los dormitorios del piso de arriba, con las luces apagadas, las ventanas abiertas y sentados en el suelo. Lo primero que pienso es: Parece inofensivo.

El adrenocromo, para que conste en acta, es una de las drogas más peligrosas que hay sobre la faz de la Tierra. Se extrae de las glándulas suprarrenales de un donante vivo: la extracción causa su muerte, y no tiene efecto si ya estaba muerto con anterioridad. Valentina dice que consiguió esta botella en su último viaje a Estados Unidos: al parecer, se la pasó un estudiante de Derecho samoano que conoció cuando hacía un reportaje sobre los conflictos raciales en San Francisco.

- El tío me dijo que tuviera cuidado, que es un alucinógeno potentísimo. Dijo que supera con creces a la mescalina o a cualquier cosa que haya probado antes.

Mientras ella habla, yo cojo la botellita y empiezo a observarla. El líquido de dentro tiene un color... raro. Es como si su propio aspecto fuera extraño y peligroso.

- También me dijo que había que tener cuidado con las dosis – sigue ella, mientras se levanta para dejar el bolso encima de la mesilla de noche -. Un par de gotas bastarán.

Oh-oh.

- ¿Un par de gotas? – pregunto yo.

- Sí. ¿Por qué?

- Me he bebido media botella.

Ella se da la vuelta a toda velocidad:

- ¿¿Qué??

- ¡Joder, no me has dicho nada! ¡¡Creía que era media para cada uno!!

Valentina se lleva las manos a la cabeza y empieza a susurrar cosas en italiano, como fuera de sí. De repente, noto que no me empiezo a encontrar precisamente bien. Maldita sea, ¿por qué me he bebido media botella?

- Spike, escúchame. Tienes que tumbarte, ¿vale? No te preocupes, voy a estar allí contigo. Me voy a tomar un par de gotas e iré allí contigo, ¿vale?

- ¿Allí? ¿De qué estás hablando?

Entonces me tumbo en el suelo, boca arriba, y noto cómo algo se empieza a mover en el centro de las cosas. De repente, el mundo se vuelve rojo, un rojo penetrante y doloroso que hace que me resulte podidamente difícil mantener los ojos abiertos. Hace calor, tanto calor como si estuviera en medio de un incendio, y la habitación empieza a retorcerse de formas inimaginables.

A escasos centímetros de mi cara, Valentina me mira con unos ojos de los que parece surgir un halo infinito de luz oscura. Tiene la boca llena de sangre y está completamente desnuda. Intento gritar, pero ni siquiera soy capaz de abrir la boca. Algo malo pasa. Algo muy, muy malo pasa.

Lo último que veo antes de sumergirme en la oscuridad absoluta es a Valentina gritando hacia el cielo, mientras que la habitación acaba por devorarse a sí misma entre crujidos y terribles espasmos.

Y luego, todo negro.

***

Vale.

Estoy en un maldito lío.

Abro los ojos. Me encuentro en un lugar que no existe, en un mundo que no es el mío, en un momento que quizás aún no haya pasado. Bajo mis pies se extiende un campo infinito de hierba cegadoramente verde y plantas imposibles. Por encima, no hay nada más que una oscuridad inmensa e impenetrable. De todos lados me llegan sonidos extraños, casi susurros de cosas que no puedo ni imaginar. En pocas palabras: estoy bien jodido.

Cuando estoy a punto de hacerme algunas preguntas inevitables (casi todas empiezan por una palabrota y contienen las palabras salir, aquí y de una puta vez), una linterna me ilumina. A lo lejos, encima de un pequeño montículo de helechos violetas que se mueven como pequeños tentáculos, veo a un par de figuras observándome.

- ¡Identifíquese! – me grita la que lleva la linterna -. ¡No queremos hacerle daño!

- Sabes, dadas las circunstancias, eso es un buen comienzo – contesto.

La figura de la linterna se lo piensa un momento. Finalmente, me dice:

- Está bien, veo que también es humano. Por favor, acérquese aquí para que podamos hablar.

No tengo muchas más opciones en este campo interplanetario (o algo), así que acepto. A medida que me voy acercando, veo mejor a mis dos nuevos mejores amigos: el que lleva la linterna es un tipo alto, con el pelo oscuro tan oscuro como su chaqueta, camisa roja y pantalones vaqueros. A juzgar por su acento, también es inglés, lo cual (qué queréis que os diga) se me antoja como una bendición en estas circunstancias. Su compañero es... joder, no puedo creerlo. Es el ganador de un concurso de imitadores de Groucho Marx.

- Saludos, extraño. Soy Dylan Dog, investigador de pesadillas – se presenta el tipo alto.

- Encantado. ¿Y quién es el doble de...?

- Sí, de Rupert Everett, me lo dicen a menudo – dice el otro, mientras mordisquea su puro -. Lo cierto es que yo nunca veo el parecido. Entre nosotros, creo que me parezco más a Marx. Karl, para los amigos.

- ¿Quién demonios es este payaso?

- Es Groucho, mi ayudante – me dice el tal Dylan. Hace un par de minutos que dejé de buscarle sentido a las cosas, así que me limito a asentir.

- Mi nombre es Spike. ¿Puedo hacerte una pregunta, amigo? ¿Dónde coño estamos?

El investigador se pone a mirar una especie de brújula esotérica que saca del bolsillo, como si fuera a orientarse en medio de esta locura, y me dice:

- Lo cierto es que estamos perdidos, Spike. Groucho y yo hemos venido hasta aquí por una grieta interdimensional que apareció en medio de mi despacho. ¿Y tú?

- Digamos que tuve un mal día – contesto.

- Ah, yo también tuve un mal día. Fue hace un par de años, en abril – dice el clon de Groucho Marx.

Me giro hacia el detective y le pregunto si siempre es así.

- Siempre – me responde él, completamente en serio -. Pero ahora debemos concentrarnos en cómo salir de aquí. Mi quinto sentido y medio me dice que tiene que haber una forma de regresar a 1995.

- ¿De qué hablas? ¿1995? ¿Al futuro?

El detective se me queda mirando de arriba abajo:

- Entiendo. ¿De qué año eres tú?

- 1963. Sabes, soy algo parecido a alguien importante en mi tiempo. Vivo en Roma, sabes, y soy un artis...

- Claro, ya entiendo – me interrumpe él -. Este lugar está fuera del espacio y del tiempo. Supongo que tenemos que regresar a nuestro plano de la realidad, y entonces...

De repente, el suelo empieza a temblar, como en un terremoto (si es que en este lugar puede haber terremotos).

- ¡Esto me recuerda a una historia muy embarazosa que me sucedió el sábado en la discoteca! – dice Groucho -. ¿Te parece que es buen momento para contarla, jefe?

Entonces, algo sale del suelo, un monstruo demasiado horrible como para describirlo en pocas palabras. Digamos solo que tienen tentáculos, emite alaridos y que me recuerda a la forma de Horror más grotesca, nauseabunda y primigenia que he visto nunca. Es decir, a Francia.

- ¡Atrás! – dice el detective -. ¡Sé cómo hacerle frente!

Y en ese momento me doy cuenta de que su brújula es más que una brújula. Más que nada, porque emite una luz fortísima que envía al monstruo de vuelta al agujero de donde salió. Así de fácil. Empiezo a pensar que este tipo es un especialista.

- Vaya, eso ha estado muy bien – le digo, levantándome del suelo -. Recuérdame que te invite a un trago cuando acabe todo esto.

- Lo dudo mucho, Spike.

- ¿Por qué? ¿Es que eres abstemio o algo así?

- Sí. Pero esa no es la única razón.

Me doy cuenta de que los dos me están mirando a la cara de una forma muy extraña. Y entonces me entero de lo que pasa: durante la batalla, se me activó la cara de demonio como mecanismo de defensa, lo que significa que estoy jodido. Quiero decir, todavía más jodido de lo que ya estaba antes. Que, por si no habéis estado prestando atención, era mucho.

Sin previo aviso, el detective saca una estaca de su chaqueta y empieza a caminar hacia mí.

- Oye, ¿qué es esto? ¿Es que no sales de casa sin una jodida estaca de madera? - pregunto, mientras empiezo a retroceder.

- Sí, es mi trabajo – me dice él, cada vez más serio.

- Escucha, no quiero hacerte daño. Ambos estamos en una situación bastante espinosa, así que lo mejor será que colaboremos un poco, ¿no crees?

Pero el tipo no parece estar por la labor. Yo sigo retrocediendo (¿qué más puedo hacer?) cuando, de repente, algo me absorbe hacia abajo. Es como una corriente de aire, pero como mil veces más poderosa. Antes de darme cuenta, choco contra el suelo, contra otro suelo, en un lugar completamente diferente.

Estoy en una habitación medio en ruinas. Las paredes están rodeadas de esas plantas raras que había en el otro lugar, sólo que aquí han crecido como enredaderas hasta darle a la habitación un ambiente irreal. Al fondo, al lado de una ventana, hay un hombre muy delgado e impecablemente vestido que no deja de mirarme. De todas maneras, lo más inquietante no es eso.

Justo detrás de donde he aterrizado hay algo vivo. No es humano, ni tampoco es ningún demonio que yo conozca. Parece más bien un insecto gigante, lleno de babas y agazapado en la pared, como si tuviera miedo de algo. En la mano derecha tiene una especie de pipa de hachís, y con la izquierda sujeta una bolsa de cuero. Pero no, esto tampoco es lo más inquietante de la habitación.

Lo más inquietante es que la ventana de la habitación da hacia un lugar muy parecido a Marruecos. La luz del sol empapa toda la habitación, pero no parece afectarme: como os decía, hace tiempo que dejé de buscarle sentido a nada.

El hombre delgado me mira, sonriendo, y me ofrece con un gesto la silla que hay cerca de la mesa donde él está sentado.

- Saludos, viajero. ¿A qué se debe la visita? – pregunta el hombre.

- Si le digo la verdad, no tengo ni la más remota idea – contesto yo mientras me siento en la silla de madera y miro por la ventana-. ¿Dónde estamos?

- En ningún sitio y, a la vez, en todos los sitios. A mí me gusta llamarlo “Interzona”.

En la mesa hay un cenicero lleno de colillas, una revista desgastada por el uso y una botella de vino. El tipo me ofrece un vaso y pregunta:

- La verdadera cuestión es: ¿dónde estás tú?

- Si te digo la verdad, no lo sé – le contesto después de beberme el vaso de un trago -. Se supone que estoy en Roma, en alguna habitación de algún lujoso palacio, debatiéndome entra la vida y la muerte.

- Sí, recuerdo Roma. Todos hemos pasado por lo mismo en esa ciudad. ¿Qué haces allí?

- Verás, se... Se supone que soy un artista. Dru y yo... Somos el grito desesperado de nuestra generación. O algo parecido.

El extraño sonríe y se acerca un poco más a mí:

- Déjame que te diga una cosa, inglés. El arte es una mierda. Si hay algo que sé, es eso. A mí también intentaron ponerme la misma etiqueta, pero la creación no puede medirse objetivamente. El siglo XX... ¡Ja! El arte no es más que una alucinación colectiva. El sueño de un drogata. El mundo, el ser humano, no es más que caos semiótico, y el arte es su manifestación más inútil e incoherente. Todos creamos cosas, pero llamar “arte” a eso no es más que pervertirlo.

- Bueno, a mí nunca me ha gustado demasiado la idea – le digo -. El problema es que ahora estoy bloqueado.

- ¿El bloqueo creativo? No existe, amigo, no hay nada parecido. Si lo tienes, es que nunca fuiste un creador verdadero. Fuiste un farsante. O, a lo mejor, es que te hicieron creer que eras un creador de “arte”, te quitaron tu verdadera libertad. Hazme caso: no hagas caso. A nadie. Vuelve a tus orígenes. Vuelve a crear, y no te preocupes por lo que algún chupapollas lea en eso.

Es verdad. Siento que, de algún modo extraño, este tío ha dicho algo con sentido en medio de esta locura. Es una idiotez, pero tiene sentido. Miro por la ventana y veo el sol, impactando directamente en mi cara muerta. Y entonces entiendo que al fin soy libre.

- Joder. Gracias. Gracias.

El extraño me hace un gesto con la mano, indicando que no tiene importancia. Al fondo de la habitación, la criatura se empieza a mover de manera muy extraña, como si estuviera en una película muy antigua. Me fijo en su bolsa de cuero marrón: dentro hay algo que emite un brillo morado poderosímo.

- Ah, te has fijado en las esferas – me dice el hombre -. ¿Quieres verlas? No te recomiendo que las mires mucho tiempo.

Sé que no debo, pero aún así me acerco a la criatura y miro dentro de su bolsa. Hay tres esferas moradas, y dentro parecen tener imágenes. Imágenes en movimiento. Me acerco un poco más.

Y me veo a mí mismo dentro de la esfera... Estoy en una especie de tren, un tren que va por debajo de la tierra. Lucho contra alguien muy poderoso. Gano. Luego la imagen cambia, como si se difuminara y se volviera a formar. Pero ahora es completamente diferente. Hay una chica rubia. Está en una especie de... colegio. En la biblioteca de un colegio, en una ciudad soleada. Vuelve a cambiar. Es una especie de coreografía en un cementerio. Estoy yo, cantando y bailando. Ella está allí también. Luego se vuelve borroso otra vez. Ahora salgo yo con la chica, en un edifico que se cae a pedazos. Lo estamos haciendo como animales. Luego una cueva. Tengo algo extraño dentro de mí. Hay un colgante. Despierto en... una oficina. Lejos de allí. Y luego un callejón lluvioso... se acerca algo terrible, y... Un momento. Un condenado momento. ¿¿Él también está allí??

- No mires más, jovencito.

Me giro y veo que el hombre está justo detrás de mí. Cuando vuelvo a mirar a las esferas, la criatura cierra la bolsa. Le pregunto qué era eso.

- Créeme: no quieres saberlo.

Típico. De todos modos, tampoco tengo razones para estar cabreado: este viejo loco me ha liberado.

- Gracias – le digo -. En serio, gracias por lo de antes. ¿Cuándo me puedo ir de aquí?

- Esto es la Interzona. Puedes irte cuando quieras.

Lo siguiente que pasa es que la oscuridad me vuelve a envolver.

Y luego, durante una eternidad, no pasa nada.

Y luego despierto en Roma.

***

Estoy en el dormitorio, en la misma posición en la que lo abandoné hace... ¿cuánto tiempo hace? Valentina está a mi lado, aún desnuda, dándome golpes en la cara para despertarme.

- Spike, Spike, ¿estás bien?

Me incorporo, y descubro que no estoy cansado. No, todo lo contrario.

- Estoy mejor que nunca, amor. Siento que he vuelto. Por primera vez en semanas, siento que he vuelto.

- ¿Qué has visto? – pregunta ella.

- Lo he visto todo.

Ah, es bueno estar de vuelta.

Recojo mi chaqueta, me la pongo y me dirijo hacia la puerta. Detrás, Valentina busca a tientas su vestido y me pregunta:

- Espera, Spike. ¿Qué vas a hacer ahora?

Voy a hacer lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo. La condesa, Marcello, Michael James y nuestra Claudia. Sé dónde están: aquí, en esta misma fiesta, en la gran inauguración. Voy a buscarlos.

Voy a buscarlos y voy a matarlos a todos.