What if... el mundo al revés?

lunes, septiembre 04, 2006

The Filthy Life (5)

Valentina guarda el adrenocromo en una pequeña botella de color rojo oscuro. Cuando la veo por primera vez, estamos en uno de los dormitorios del piso de arriba, con las luces apagadas, las ventanas abiertas y sentados en el suelo. Lo primero que pienso es: Parece inofensivo.

El adrenocromo, para que conste en acta, es una de las drogas más peligrosas que hay sobre la faz de la Tierra. Se extrae de las glándulas suprarrenales de un donante vivo: la extracción causa su muerte, y no tiene efecto si ya estaba muerto con anterioridad. Valentina dice que consiguió esta botella en su último viaje a Estados Unidos: al parecer, se la pasó un estudiante de Derecho samoano que conoció cuando hacía un reportaje sobre los conflictos raciales en San Francisco.

- El tío me dijo que tuviera cuidado, que es un alucinógeno potentísimo. Dijo que supera con creces a la mescalina o a cualquier cosa que haya probado antes.

Mientras ella habla, yo cojo la botellita y empiezo a observarla. El líquido de dentro tiene un color... raro. Es como si su propio aspecto fuera extraño y peligroso.

- También me dijo que había que tener cuidado con las dosis – sigue ella, mientras se levanta para dejar el bolso encima de la mesilla de noche -. Un par de gotas bastarán.

Oh-oh.

- ¿Un par de gotas? – pregunto yo.

- Sí. ¿Por qué?

- Me he bebido media botella.

Ella se da la vuelta a toda velocidad:

- ¿¿Qué??

- ¡Joder, no me has dicho nada! ¡¡Creía que era media para cada uno!!

Valentina se lleva las manos a la cabeza y empieza a susurrar cosas en italiano, como fuera de sí. De repente, noto que no me empiezo a encontrar precisamente bien. Maldita sea, ¿por qué me he bebido media botella?

- Spike, escúchame. Tienes que tumbarte, ¿vale? No te preocupes, voy a estar allí contigo. Me voy a tomar un par de gotas e iré allí contigo, ¿vale?

- ¿Allí? ¿De qué estás hablando?

Entonces me tumbo en el suelo, boca arriba, y noto cómo algo se empieza a mover en el centro de las cosas. De repente, el mundo se vuelve rojo, un rojo penetrante y doloroso que hace que me resulte podidamente difícil mantener los ojos abiertos. Hace calor, tanto calor como si estuviera en medio de un incendio, y la habitación empieza a retorcerse de formas inimaginables.

A escasos centímetros de mi cara, Valentina me mira con unos ojos de los que parece surgir un halo infinito de luz oscura. Tiene la boca llena de sangre y está completamente desnuda. Intento gritar, pero ni siquiera soy capaz de abrir la boca. Algo malo pasa. Algo muy, muy malo pasa.

Lo último que veo antes de sumergirme en la oscuridad absoluta es a Valentina gritando hacia el cielo, mientras que la habitación acaba por devorarse a sí misma entre crujidos y terribles espasmos.

Y luego, todo negro.

***

Vale.

Estoy en un maldito lío.

Abro los ojos. Me encuentro en un lugar que no existe, en un mundo que no es el mío, en un momento que quizás aún no haya pasado. Bajo mis pies se extiende un campo infinito de hierba cegadoramente verde y plantas imposibles. Por encima, no hay nada más que una oscuridad inmensa e impenetrable. De todos lados me llegan sonidos extraños, casi susurros de cosas que no puedo ni imaginar. En pocas palabras: estoy bien jodido.

Cuando estoy a punto de hacerme algunas preguntas inevitables (casi todas empiezan por una palabrota y contienen las palabras salir, aquí y de una puta vez), una linterna me ilumina. A lo lejos, encima de un pequeño montículo de helechos violetas que se mueven como pequeños tentáculos, veo a un par de figuras observándome.

- ¡Identifíquese! – me grita la que lleva la linterna -. ¡No queremos hacerle daño!

- Sabes, dadas las circunstancias, eso es un buen comienzo – contesto.

La figura de la linterna se lo piensa un momento. Finalmente, me dice:

- Está bien, veo que también es humano. Por favor, acérquese aquí para que podamos hablar.

No tengo muchas más opciones en este campo interplanetario (o algo), así que acepto. A medida que me voy acercando, veo mejor a mis dos nuevos mejores amigos: el que lleva la linterna es un tipo alto, con el pelo oscuro tan oscuro como su chaqueta, camisa roja y pantalones vaqueros. A juzgar por su acento, también es inglés, lo cual (qué queréis que os diga) se me antoja como una bendición en estas circunstancias. Su compañero es... joder, no puedo creerlo. Es el ganador de un concurso de imitadores de Groucho Marx.

- Saludos, extraño. Soy Dylan Dog, investigador de pesadillas – se presenta el tipo alto.

- Encantado. ¿Y quién es el doble de...?

- Sí, de Rupert Everett, me lo dicen a menudo – dice el otro, mientras mordisquea su puro -. Lo cierto es que yo nunca veo el parecido. Entre nosotros, creo que me parezco más a Marx. Karl, para los amigos.

- ¿Quién demonios es este payaso?

- Es Groucho, mi ayudante – me dice el tal Dylan. Hace un par de minutos que dejé de buscarle sentido a las cosas, así que me limito a asentir.

- Mi nombre es Spike. ¿Puedo hacerte una pregunta, amigo? ¿Dónde coño estamos?

El investigador se pone a mirar una especie de brújula esotérica que saca del bolsillo, como si fuera a orientarse en medio de esta locura, y me dice:

- Lo cierto es que estamos perdidos, Spike. Groucho y yo hemos venido hasta aquí por una grieta interdimensional que apareció en medio de mi despacho. ¿Y tú?

- Digamos que tuve un mal día – contesto.

- Ah, yo también tuve un mal día. Fue hace un par de años, en abril – dice el clon de Groucho Marx.

Me giro hacia el detective y le pregunto si siempre es así.

- Siempre – me responde él, completamente en serio -. Pero ahora debemos concentrarnos en cómo salir de aquí. Mi quinto sentido y medio me dice que tiene que haber una forma de regresar a 1995.

- ¿De qué hablas? ¿1995? ¿Al futuro?

El detective se me queda mirando de arriba abajo:

- Entiendo. ¿De qué año eres tú?

- 1963. Sabes, soy algo parecido a alguien importante en mi tiempo. Vivo en Roma, sabes, y soy un artis...

- Claro, ya entiendo – me interrumpe él -. Este lugar está fuera del espacio y del tiempo. Supongo que tenemos que regresar a nuestro plano de la realidad, y entonces...

De repente, el suelo empieza a temblar, como en un terremoto (si es que en este lugar puede haber terremotos).

- ¡Esto me recuerda a una historia muy embarazosa que me sucedió el sábado en la discoteca! – dice Groucho -. ¿Te parece que es buen momento para contarla, jefe?

Entonces, algo sale del suelo, un monstruo demasiado horrible como para describirlo en pocas palabras. Digamos solo que tienen tentáculos, emite alaridos y que me recuerda a la forma de Horror más grotesca, nauseabunda y primigenia que he visto nunca. Es decir, a Francia.

- ¡Atrás! – dice el detective -. ¡Sé cómo hacerle frente!

Y en ese momento me doy cuenta de que su brújula es más que una brújula. Más que nada, porque emite una luz fortísima que envía al monstruo de vuelta al agujero de donde salió. Así de fácil. Empiezo a pensar que este tipo es un especialista.

- Vaya, eso ha estado muy bien – le digo, levantándome del suelo -. Recuérdame que te invite a un trago cuando acabe todo esto.

- Lo dudo mucho, Spike.

- ¿Por qué? ¿Es que eres abstemio o algo así?

- Sí. Pero esa no es la única razón.

Me doy cuenta de que los dos me están mirando a la cara de una forma muy extraña. Y entonces me entero de lo que pasa: durante la batalla, se me activó la cara de demonio como mecanismo de defensa, lo que significa que estoy jodido. Quiero decir, todavía más jodido de lo que ya estaba antes. Que, por si no habéis estado prestando atención, era mucho.

Sin previo aviso, el detective saca una estaca de su chaqueta y empieza a caminar hacia mí.

- Oye, ¿qué es esto? ¿Es que no sales de casa sin una jodida estaca de madera? - pregunto, mientras empiezo a retroceder.

- Sí, es mi trabajo – me dice él, cada vez más serio.

- Escucha, no quiero hacerte daño. Ambos estamos en una situación bastante espinosa, así que lo mejor será que colaboremos un poco, ¿no crees?

Pero el tipo no parece estar por la labor. Yo sigo retrocediendo (¿qué más puedo hacer?) cuando, de repente, algo me absorbe hacia abajo. Es como una corriente de aire, pero como mil veces más poderosa. Antes de darme cuenta, choco contra el suelo, contra otro suelo, en un lugar completamente diferente.

Estoy en una habitación medio en ruinas. Las paredes están rodeadas de esas plantas raras que había en el otro lugar, sólo que aquí han crecido como enredaderas hasta darle a la habitación un ambiente irreal. Al fondo, al lado de una ventana, hay un hombre muy delgado e impecablemente vestido que no deja de mirarme. De todas maneras, lo más inquietante no es eso.

Justo detrás de donde he aterrizado hay algo vivo. No es humano, ni tampoco es ningún demonio que yo conozca. Parece más bien un insecto gigante, lleno de babas y agazapado en la pared, como si tuviera miedo de algo. En la mano derecha tiene una especie de pipa de hachís, y con la izquierda sujeta una bolsa de cuero. Pero no, esto tampoco es lo más inquietante de la habitación.

Lo más inquietante es que la ventana de la habitación da hacia un lugar muy parecido a Marruecos. La luz del sol empapa toda la habitación, pero no parece afectarme: como os decía, hace tiempo que dejé de buscarle sentido a nada.

El hombre delgado me mira, sonriendo, y me ofrece con un gesto la silla que hay cerca de la mesa donde él está sentado.

- Saludos, viajero. ¿A qué se debe la visita? – pregunta el hombre.

- Si le digo la verdad, no tengo ni la más remota idea – contesto yo mientras me siento en la silla de madera y miro por la ventana-. ¿Dónde estamos?

- En ningún sitio y, a la vez, en todos los sitios. A mí me gusta llamarlo “Interzona”.

En la mesa hay un cenicero lleno de colillas, una revista desgastada por el uso y una botella de vino. El tipo me ofrece un vaso y pregunta:

- La verdadera cuestión es: ¿dónde estás tú?

- Si te digo la verdad, no lo sé – le contesto después de beberme el vaso de un trago -. Se supone que estoy en Roma, en alguna habitación de algún lujoso palacio, debatiéndome entra la vida y la muerte.

- Sí, recuerdo Roma. Todos hemos pasado por lo mismo en esa ciudad. ¿Qué haces allí?

- Verás, se... Se supone que soy un artista. Dru y yo... Somos el grito desesperado de nuestra generación. O algo parecido.

El extraño sonríe y se acerca un poco más a mí:

- Déjame que te diga una cosa, inglés. El arte es una mierda. Si hay algo que sé, es eso. A mí también intentaron ponerme la misma etiqueta, pero la creación no puede medirse objetivamente. El siglo XX... ¡Ja! El arte no es más que una alucinación colectiva. El sueño de un drogata. El mundo, el ser humano, no es más que caos semiótico, y el arte es su manifestación más inútil e incoherente. Todos creamos cosas, pero llamar “arte” a eso no es más que pervertirlo.

- Bueno, a mí nunca me ha gustado demasiado la idea – le digo -. El problema es que ahora estoy bloqueado.

- ¿El bloqueo creativo? No existe, amigo, no hay nada parecido. Si lo tienes, es que nunca fuiste un creador verdadero. Fuiste un farsante. O, a lo mejor, es que te hicieron creer que eras un creador de “arte”, te quitaron tu verdadera libertad. Hazme caso: no hagas caso. A nadie. Vuelve a tus orígenes. Vuelve a crear, y no te preocupes por lo que algún chupapollas lea en eso.

Es verdad. Siento que, de algún modo extraño, este tío ha dicho algo con sentido en medio de esta locura. Es una idiotez, pero tiene sentido. Miro por la ventana y veo el sol, impactando directamente en mi cara muerta. Y entonces entiendo que al fin soy libre.

- Joder. Gracias. Gracias.

El extraño me hace un gesto con la mano, indicando que no tiene importancia. Al fondo de la habitación, la criatura se empieza a mover de manera muy extraña, como si estuviera en una película muy antigua. Me fijo en su bolsa de cuero marrón: dentro hay algo que emite un brillo morado poderosímo.

- Ah, te has fijado en las esferas – me dice el hombre -. ¿Quieres verlas? No te recomiendo que las mires mucho tiempo.

Sé que no debo, pero aún así me acerco a la criatura y miro dentro de su bolsa. Hay tres esferas moradas, y dentro parecen tener imágenes. Imágenes en movimiento. Me acerco un poco más.

Y me veo a mí mismo dentro de la esfera... Estoy en una especie de tren, un tren que va por debajo de la tierra. Lucho contra alguien muy poderoso. Gano. Luego la imagen cambia, como si se difuminara y se volviera a formar. Pero ahora es completamente diferente. Hay una chica rubia. Está en una especie de... colegio. En la biblioteca de un colegio, en una ciudad soleada. Vuelve a cambiar. Es una especie de coreografía en un cementerio. Estoy yo, cantando y bailando. Ella está allí también. Luego se vuelve borroso otra vez. Ahora salgo yo con la chica, en un edifico que se cae a pedazos. Lo estamos haciendo como animales. Luego una cueva. Tengo algo extraño dentro de mí. Hay un colgante. Despierto en... una oficina. Lejos de allí. Y luego un callejón lluvioso... se acerca algo terrible, y... Un momento. Un condenado momento. ¿¿Él también está allí??

- No mires más, jovencito.

Me giro y veo que el hombre está justo detrás de mí. Cuando vuelvo a mirar a las esferas, la criatura cierra la bolsa. Le pregunto qué era eso.

- Créeme: no quieres saberlo.

Típico. De todos modos, tampoco tengo razones para estar cabreado: este viejo loco me ha liberado.

- Gracias – le digo -. En serio, gracias por lo de antes. ¿Cuándo me puedo ir de aquí?

- Esto es la Interzona. Puedes irte cuando quieras.

Lo siguiente que pasa es que la oscuridad me vuelve a envolver.

Y luego, durante una eternidad, no pasa nada.

Y luego despierto en Roma.

***

Estoy en el dormitorio, en la misma posición en la que lo abandoné hace... ¿cuánto tiempo hace? Valentina está a mi lado, aún desnuda, dándome golpes en la cara para despertarme.

- Spike, Spike, ¿estás bien?

Me incorporo, y descubro que no estoy cansado. No, todo lo contrario.

- Estoy mejor que nunca, amor. Siento que he vuelto. Por primera vez en semanas, siento que he vuelto.

- ¿Qué has visto? – pregunta ella.

- Lo he visto todo.

Ah, es bueno estar de vuelta.

Recojo mi chaqueta, me la pongo y me dirijo hacia la puerta. Detrás, Valentina busca a tientas su vestido y me pregunta:

- Espera, Spike. ¿Qué vas a hacer ahora?

Voy a hacer lo que tenía que haber hecho hace mucho tiempo. La condesa, Marcello, Michael James y nuestra Claudia. Sé dónde están: aquí, en esta misma fiesta, en la gran inauguración. Voy a buscarlos.

Voy a buscarlos y voy a matarlos a todos.

10 Comments:

At 1:37 a. m., Blogger Noel said...

Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

 
At 1:43 a. m., Blogger Noel said...

¡No os perdáis el espeluznante desenlace de este relato! El próximo jueves, solo en "What If...?".

 
At 5:36 p. m., Anonymous Céline... said...

Pues no puedo esperar a que postee el desenlace

 
At 3:15 p. m., Blogger Alvy Singer said...

YA?!!!!!!! Ya termina?!?!?!

Se está montando un cliffhanger tremendo.

 
At 4:55 p. m., Anonymous Noel said...

Gracias, Celine. Dentro de dos días estará.

Me temo que sí, Alvy: solamente quedan el capítulo final y el epílogo. De todos modos, no será el último What If que va a figurar aquí. Ni mucho menos.

 
At 5:45 p. m., Blogger Alvy Singer said...

Bien! Queremos más what-ifs ficticios.

 
At 5:45 p. m., Blogger Alvy Singer said...

PD: Y clones de Groucho Marx. Clones de Groucho Marx. Es una idea tan buena que la repito dos veces y no pasa nada.

 
At 5:51 p. m., Anonymous Noel said...

http://www.anni80.info/personaggi/images/dylan.jpg

http://dyd27.altervista.org/grouch2.jpg

 
At 1:01 p. m., Anonymous Céline... said...

Dos días??? Ya van muchos más... Estpy ansiosa...

 
At 12:47 a. m., Blogger Noel said...

Ya está, Céline. Siento mucho que haya tardado tanto, pero casi no he tenido tiempo material durante estos últimos días.

 

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